Psicóloga en MadridEstar solo o sentirse solo

Por Nuria Torres Marcos.

Los seres humanos estamos preparados y condicionados para vivir la vida en compañía de otros. Interactuamos en sociedad, en un mundo de relaciones compartidas con familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, de estudio o grupos de intereses comunes.

Cuando hablamos de la soledad es importante reiterar que puede ser  una combinación de un estado real y una percepción que la persona tiene sobre sí misma. Por ello, el sólo hecho que una persona por ejemplo viva sola, o pueda por distintas razones o voluntariamente tener períodos de aislamiento, no significa que se sienta sola, y por lo tanto no está ante la desagradable sensación de soledad. Tal sentimiento de soledad siempre va a depender de la manera como se percibe la persona ante su entorno social.

Estar solo es un hecho común para todos, no siempre estamos acompañados. Estar solo puede ser  una decisión provocada para encontrarse consigo mismo, para relajarse o para “descontaminarse” antes de tomar una decisión importante. Estas situaciones pueden ser muy útiles y necesarias, sirviéndonos de alivio e incluso de disfrute.

Cuando estamos solos podemos no hacer nada y sentirnos bien, descansar, disfrutar de la naturaleza, tomar sol, caminar, meditar o simplemente hacer lo que nos gusta sin interferencias de otras personas.

Por otro lado, el sentirse sólo va acompañado de una situación que nos lleva a pensar de manera consciente la necesidad de que algo nos  falta, que nuestro mundo de compañía y relaciones es pobre y no nos gusta. Consideramos que las circunstancias nos han llevado allí y sentimos dolor y tristeza, sin ver salidas hacia el bienestar.

Muchas veces, dado el gran temor a encontrarnos solos suele conducir a las personas a establecer relaciones que lejos de procurar un bienestar se traducen en verdaderas agonías de vida, porque de nada vale estar acompañados y seguir sintiendo la soledad, o peor aún, vivir sufriendo con la negación de la soledad porque existe un vínculo con alguien aunque sea de una manera tormentosa.

En estos casos se da lugar a la dependencia afectiva, donde la persona se aferra a una relación sólo por una necesidad de tener una compañía, aunque eso signifique aceptar condiciones como maltratos verbales o físicos, infidelidades u otros abusos que empobrecen la propia esencia del ser que los tolera, pagando un precio muy alto por estar acompañada. En consecuencia la falsa creencia de que así se evita la soledad no es más que una ilusión ya que no sólo no se cubren tales expectativas, sino que van deteriorando cada vez más su calidad de vida.

Como seres sociales que somos hemos de sentir que pertenecemos y somos aceptados por algún grupo. Desde pequeños compartimos y nos sentimos parte de grupos de amigos o compañeros de estudio y son muchas las oportunidades que vamos transitando hasta llegar a adultos, así somos parte de grupos sociales de distintas categorías, con los que nos sentimos identificados porque compartimos intereses comunes, como por ejemplo amigos de fiesta, grupos deportivos, religiosos, técnicos, etc.

Solamente cuando estamos solos podemos ponernos en contacto con nosotros mismos. Esa oportunidad nos permite vernos y evaluar si realmente somos como queremos ser y si estamos haciendo lo que deseamos hacer; y si esa imagen no estuviera de acuerdo con nuestras expectativas, es el momento de preguntarnos, que es lo que estamos haciendo ahora para lograrlo.

Distanciarnos mentalmente de todo aquello que supuestamente debe de ser y no es (o tuvo que ser y no fue), y centrar la atención en tus verdaderos motivos y propósitos puede ser el principio para aceptar y validad nuestros propios sentimientos, y en vez de intentar luchar contra ellos, poder modificarlos por nuevas formas de interpretar aquello que tememos.

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Nuria Torres Marcos es Psicóloga (Col. M-26071) en el Centro de Psicología Aprende a Escucharte’ en Madrid.