AR3Por Ana Villarrubia Mendiola.

Se acaban las vacaciones, regresan las preocupaciones, los madrugones, las prisas, los plazos que se agotan y las obligaciones… El futuro se nos antoja mucho más negro que hace tan solo un mes y nuestra vida parece una enorme cuesta arriba hasta las navidades. Tratamos de no pensar, de armarnos de valor, y nos consolamos observando que, a nuestro alrededor, otros también dicen tener depresión postvacacional.

Pero, ¿A qué nos referimos exactamente cuando hablamos de depresión postvacacional? ¿Existe de verdad esto de la depresión postavacional? ¿Nos ocurre a todos?

La mal llamada depresión postvavcional no es una “depresión” como tal y, aunque no existe ningún tipo de consenso entre los profesionales, sí puede llegar a considerarse un síndrome de relativa frecuencia.

Así, cuando hablamos de síndrome postvacacional hablamos normalmente de un conjunto de síntomas de ansiedad ante la temida vuelta a nuestras rutinas. Tras un esperadísimo y probablemente demasiado corto periodo vacacional en el que uno se ha alejado de sus obligaciones diarias, a muchas personas les resulta difícil adaptarse de nuevo a las tareas y preocupaciones del día a día. Este difícil “regreso a la vida diaria”  se asocia normalmente a la vuelta al trabajo pero también puede relacionarse con la vuelta a la búsqueda de trabajo, la vuelta a nuestras obligaciones, la vuelta a nuestras responsabilidades, etc.

Lo que muchos reconocemos como síndrome postvacacional suele reducirse a un problema adaptativo debido a la necesidad de reajuste del estilo de vida. Se trata, por tanto, de un problema leve de tipo emocional que puede llegar a implicar algunas de las siguientes manifestaciones: bajo estado de ánimo, irritabilidad,  síntomas de aniedad (cambios en la respuesta cardio-respiratoria, sudoración, palpitaciones, molestias estomacales…), preocupaciones excesivas e ideas negativas con respecto al futuro. La sensación de malestar psicológico puede llegar a convertirse en malestar físico en personas con tendencia a la somatización o en casos de malestar más intenso. Todos estos síntomas suelen prolongarse a lo largo de un espacio de tiempo breve, no superior a un mes.

Además, la connotación negativa que normalmente tiene el trabajo para nosotros no facilita en absoluto este proceso de adaptación. Por desgracia en nuestra sociedad la mayoria de personas asocian el concepto mismo del trabajo a una obligación poco grata que nos obliga al sacrificio de la rutina y el esfuerzo diario, con pocas o raras recompensas a cambio. Así, la vuelta al trabajo no es habitual que se considere como la vuelta a algo placentero (ya sea por creativo, dinámico, motivante, enriquecedor o bien remunerado) sino que en la mayor parte de los casos implica volver a una actividad que no es todo lo gratificante que debería ser.

Quien, por los motivos que sean, no se encuentre en la situación que acabamos de describir probablemente sea menos vulnerable a la aparición de este síndrome o viva sus efectos de manera muy leve.

Cuando las manifestaciones de ansiedad no se atenúan con el tiempo sino que se agudizan y se prolongan (normalmente por la aparición de nuevos estímulos estresantes más allá de la vuelta de las vacaciones) podemos llegar a hablar de otro tipo de cuadro o problema de ansiedad por lo que en estos casos sería recomendable acudir a un profesional que evaluara el caso adecuadamente.

No obstante, a no ser que, pasadas unas semanas, el estado de ánimo así como la sensación de malestar perduren, los síntomas que encuadramos dentro del síndrome postvacacional no suelen requerir la búsuqeda de apoyo psicológico.

Bienvenidos, después del parón vacacional al blog de la consulta de psicología ‘Aprende a Escucharte y mucho ánimo para afrontar una vuelta a la realidad lo más dulce posible.

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Ana Villarrubia Mendiola es psicóloga clínica, especialista en Problemas de Conducta y Terapia de Pareja. Dirige desde el año 2012 el Gabinete Psicológico ’Aprende a Escucharte en Madrid