Por Ana Villarrubia Mendiola.

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El genial escritor francés Daniel Penac plantea en su libro ‘Comme un roman’ (‘Como una novela’) que el primer contacto del niño con la lectura y, por tanto, la primera oportunidad que él tiene para empezar a amarla es oír a otros leer.

De ese código incomprensible para el niño, papá y mamá extraen historias apasionantes… Qué aventura aprender a descifrarlo… En esta experiencia, que puede llegar a ser bien temprana, podemos ayudar a que los niños se enganchen a la lectura.

Además, el adulto, como referente a imitar, es el primer modelo de lectura que el niño tiene. Numerosos estudios correlacionan el número de libros que reposan sobre las estanterías de un hogar con la afición a la lectura por los integrantes de la familia. ¿Se transmite ese deseo como por arte de magia contagiándose a través del aire que esos niños respiran? Sencillamente se asume que si en la casa existen numerosos libros es porque los padres los leen y forzosamente sus hijos les han visto e imitado en la tarea de leer, copiando sus hábitos.

No se aprende a leer únicamente en el colegio y no se palian los problemas con la lectura y la escritura exclusivamente en el colegio. El hábito de leer e incluso el amor  por la lectura es algo que puede llevarse ya puesto, en la mochila, desde casa. Lo que en psicología denominamos lectura compartida es una gran enseñanza que se forja en las casas y desde las familias.

Si hablamos de niños con antecedentes familiares de dislexiaproblemas de lectura y escritura o dificultades de aprendizaje, la experiencia de la lectura compartida se convierte además en una estrategia de prevención y en una experiencia doblemente productiva. No pocos estudios relacionan la lectura compartida con la formación del hábito de leer, la disminución de problemas relacionados con la lectura o simplemente la destreza en la misma.

Por otro lado, la lectura compartida no solo tiene efectos sobre un ámbitos cerrado y tan relacionado con la competencia lectora.

A nivel cognitivo la lectura compartida representa una importante estimulación para multitud de procesos implicados en el aprendizaje. Promueve el aprendizaje de situaciones y conceptos que no tienen por qué darse en su vida cotidiana, le acerca al mundo que le rodea a través de la elaboración de esquemas mentales progresivamente más complejos, le ayuda a crear asociaciones entre sus propias experiencias y las de los demás, le incita a extraer significados y conclusiones y es la base para interiorizar la estructuración de procesos de razonamiento.

De cara a lo más puramente lingüístico resulta obvio que a través de la lectura compartida el niño amplía más rápidamente su vocabulario y, aunque  no interioriza leyes sintácticas de manera explícita, sí aprende a utilizarlas al tiempo que se familiariza con la la estructuración coherente de un texto.

A nivel de lo paralingüístico el niño toma conciencia de aspectos no verbales de la lectura y la comunicación como  el tono, la prosodia o  las entonaciones.

Todo esto sin olvidar los beneficios a nivel afectivo que esta experiencia compartida tiene para el niño en una etapa crucial de su desarrollo en la que adquiere seguridad a través de experiencias cercanas con sus padres; que, por otro lado, le inculcan también con ello cualidades tan apreciadas como la curiosidad por el mundo que le rodea y el interés por aprender.

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Ana Villarrubia Mendiola es psicóloga clínica, especialista en Problemas de Conducta y Terapia de Pareja. Dirige desde el año 2012 el Gabinete Psicológico ’Aprende a Escucharte en Madrid.