Por Ana Villarrubia Mendiola.

FOTO ARTICULO DEL CONFLICTO CON EL ADOLESCENTE OBRA DE TEATRO

Vamos aprendiendo, prácticamente desde que nacemos, cómo caminar por la vida de la manera más adecuada y que mejor le garantice la consecución de nuestros objetivos personales. Ser guiado por los padres a través de un complejo mundo de esquemas y normas que requieren ser respetados por el bien de la convivencia y el orden social es una necesidad para el niño.

Por ello el seguimiento de normas es un proceso fundamental a lo largo del desarrollo.

Uno, para ser guiado, necesita ser limitado y para poder escoger libremente y con éxito necesita conocer entre qué límites puede moverse y de qué manera hacerlo.

¿Qué son las normas y cómo se establecen?

Las normas son las reglas del juego, un espacio en el que el niño se desarrolla, aprende y evalúa sus logros con respecto a unos estándares que, como tales, han de ser claros y explícitos. Todos sabemos que sin normas el juego no tiene interés, no puede ser jugado y no alimenta la auto superacion de ningún modo. A través de las normas se refuerzan conductas adaptativas y se extinguen aquellas que son perjudiciales para el niño en un determinado momento de su desarrollo vital.

Es recomendable que, dado su carácter de guía socializadora y motivacional, las normas sean establecidas de común acuerdo y en familia, siendo así el resultado de un proceso de diálogo, consenso y  entendimiento. Es fácil comprender que de nada sirve empeñarse en imponer normas que reiteradamente se consideran injustas o desmedidas.

¿Qué son los límites y cómo se aplican?

Los límites responden a las necesidades  de los hijos en cada momento del desarrollo y por ello han de ir adaptándose más rápidamente a su realidad. Deben ser muy claros y, si bien pueden ir modificándose con cierta flexibilidad, una vez fijados han de ser temporalmente inamovibles. Los límites expresan fronteras que no es posible sobrepasar, condesa que no deben ser realizadas y por ello han de ser impuestos con afecto pero con autoridad.

Los límites no deben atentar contra el respeto del niño ni deben herir sensibilidades más profundas (mediante humillaciones o puestas en evidencia, por ejemplo). Se refieren a conductas inaceptables pero no dictaminan lo que el niño debe pensar o sentir. Han de señalarse claramente y sin rodeos con respecto a situaciones específicas. Los límites no califican negativamente a quien los infringe, tan solo fijan líneas que no es posible cruzar y que deben ser señaladas de manera concreta.

No se limita el potencial o la capacidad sino que lo que se limita es la conducta. Y los límites deben fijarse dejando espacio para el crecimiento personal y respetando las necesidades de la otra persona.

Cuando los límites no han sido respetados deben existir consecuencias. Estas consecuencias han de ser proporcionales a la conducta transgredida, han de ser lógicas en el sentido en el que guardan relación con lo sucedido y han de aplicarse de la manera más inmediata posible.

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Ana Villarrubia Mendiola es psicóloga clínica, especialista en Problemas de Conducta y Terapia de Pareja. Dirige desde el año 2012 el Gabinete Psicológico ’Aprende a Escucharte en Madrid.