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Empiezan, para muchos, las vacaciones de verano. Esperemos que no con ello empiecen también necesariamente las dificultades de la pareja en el verano…

Por Ana Villarrubia Mendiola.

Las tradiciones de nuestra cultura y la organización de los periodos vacacionales hacen del verano una época de obligado cumplimiento familiar. Junto con la Navidad, parece que en ningún otro momento del año la cercanía con la familia de origen y con la familia política se hace tan patente. En estas fechas cualquier profesional que trabaje de cerca con familias (psicólogos y mediadores familiares, en teoría, nos llevamos la palma) asiste atónito a puestas en escena conflictivas de todo tipo; siendo suegras y nueras las que más a menudo copan los papeles protagonistas.

¿Te estás viendo en alguna de esta escenas? ¿Estás temblando solo ante la idea de una cena con tu cuñada? ¿Eres de las que soporta difícilmente las “cariñosas correcciones” de la madre de él ante cada cosa que hace o dices?

Hay un sin fin de casos aunque todos acaban guardando, por desgracia, las mismas dolorosas semejanzas: la pareja sufre a consecuencia de los conflictos con la familia del otro. Si la convivencia con la pareja -a la que que tú libremente has escogido- ya es difícil en ocasiones, ¿cómo no va a serlo con quienes ni siquiera son necesariamente de tu agrado?

Precisamente partiendo de esta idea te propongo que transformes el prisma desde el cual has analizado la situación hasta este momento. Estas vacaciones trata de percibir oportunidades de mejora y no le concedas a su familia el poder de desestabilizarte y suponer una amenaza para ti.

Cuando uno de los miembros de la pareja ha vivido agravios por parte de la familia del otro (desde menosprecios o humillaciones claras hasta faltas de atención) suele ser habitual que, paradójicamente, se vuelva contra la pareja: se le responsabiliza de lo que otros “de su misma sangre” han hecho, e incluso se le culpa de no haber “salido en su defensa”. Las heridas abiertas y las cuestiones pendientes con la familia política pueden así extenderse y agravarse sin límite a lo largo de los años. Además de que eso coloca al otro en una posición tremendamente complicada pues se le pide que emprenda acciones cuya dimensión es difícil de cuantificar y respondiendo ante actos que en muchas ocasiones desconoce. Esto es muy típico entre nueras y suegras y la respuesta de él suele asemejarse a “es mi madre, ya sabes como es, no lo hace con mala intención, solo se preocupa”. Ante los roces cotidianos lo más habitual es que ellos traten de evitar el conflicto y nosotras tratemos de resolverlo sin dilación (no siempre de manera racional, a veces con impulso muy viscerales)

No olvides que a quien sí has elegido es a tu pareja y que su familia, en la medida en la que es importante para el otro, ha de representar un ámbito de apoyo, no de recriminación.

Por eso la pareja necesita hablar a fondo de todas estas cuestiones antes de enfrentarse a ninguna situación de convivencia estrecha con la familia. Es necesario que ambos habléis abiertamente de los agravios experimentados y se os permitáis recibir el cariño y la comprensión del otro, que es tu aliado. La pareja ha de tener muy claras sus prioridades y sus pactos (de reciprocidad, de igualdad, de intimidad, de respeto…): la pareja es lo primero, es lo que une a esas dos familias, y ha de presentarse de manera sólida y rotunda ante ellos.

Nunca es tarde. Lo importante es que ambos lleguéis a entenderos, establezcáis acuerdos de convivencia con los demás, os proporcionéis el apoyo que cada uno necesita y os guiéis mutuamente en la satisfacción de vuestras necesidades afectivas.

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Ana Villarrubia Mendiola es psicóloga clínica, especialista en Problemas de Conducta y Terapia de Pareja. Dirige desde el año 2012 el Gabinete Psicológico ’Aprende a Escucharte en Madrid.