“Realistas” en el Patio Herreriano

Por José María Arévalo

( Josefina Leyendo. 1953. Óleo de Antonio López. 138×97) (*)

“Por fin el realismo está en los museos de arte contemporáneo”, decía María Toral, comisaria ( junto con Maria López, hijas de Cristóbal Toral y Antonio López) de esta muestra que reúne casi 150 obras bajo el título “Realistas”, la exposición que acaba de inaugurarse en el Patio Herreriano y que permanecerá abierta hasta el 26 de marzo. «Los realistas existimos», decía también en la presentación de la muestra Isabel Quintanilla, viuda del escultor Francisco López. Yo creo que va a ser la exposición del año, desde luego en nuestra ciudad, pero también con gran eco nacional e internacional. Ellas, junto a Cristóbal Toral y Julio López emprendieron esta aventura que recorre los trabajos de la Escuela Realista de Madrid, con sus amigos Antonio López, María Moreno, Esperanza Parada, Amalia Avia, Carmen Laffón, José Hernández y Paco López, artistas formados en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, que se empeñaron, en los años cincuenta, en trasladar la realidad a sus caballetes o poyos, cuando el arte abstracto, el informalismo dominaba la vanguardia. Precisamente a Paco López, recientemente fallecido, dedican la muestra todos ellos, con obras espigadas de colecciones privadas, de los propios autores y sus familiares, que en varios casos nunca han sido expuestas al público.

( Una de las dos cabezas de niña de mas de tres metros de diámetro realizadas por Antonio López) (*)

Un acontecimiento. El éxito y el reconocimiento de la pintura de Antonio López viene ya de hace años, pero el del grupo de realistas que lideró parece necesitaba todavía una manifestación como la que ha propiciado ahora el Museo Patio Herreriano. El año 2011 fue el del reconocimiento de Antonio López como uno de los pintores españoles más importantes de las últimas décadas, con su investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Navarra; con la exposición antológica de su obra en el Thyssen-Bornemisza de Madrid, récord de visitantes por encima de las exposiciones de Gauguin, Van Gogh o Matisse, con casi cuatro mil entradas diarias; la presentación del libro que, publicado por TF Editores, desvelaba la incógnita de su retrato de la Familia Real, en el que venía trabajando desde hacía nueve años; y la posterior presentación de la exposición antológica en el Museo de Bellas Artes en Bilbao. Y ahora llega el momento del reconocimiento de su grupo de realistas.

Y por ello se entiende que la presencia de Antonio López en la exposición sea limitada (además de que no pudiera asistir a la inauguración por impedírselo una afección catarral, como explicó su hija), cuando podía haber eclipsado la de los demás; su presencia no los apabulla, ya que se trata, no de sus mejores obras, sino de las más significativas de su evolución. He contado en mi visita a esta muestra más de una docena de obras suyas, entre pintura y escultura, del que más hay con mucho, pero de formatos de menores dimensiones que los aportados por sus compañeros, y sin que figure ninguno de los grandes lienzos – por ejemplo los madrileños- que le han hecho famoso.

Y no he visto ningún elogio de su obra, mientras sí aparecen varios de otros miembros del grupo. Así un letrero con la frase de Francisco Calvo Serraller: “La pintura de Isabel Quintanilla no representa la realidad sino que la desvela”. Y otro con el comentario de Camilo José Cela: “Amalia Avia que es la pintora de las ausencias, la amarga cronista de `por aquí pasó la vida marcando su amargura e inevitable huella del dolor´ como en las novelas de los maestros rusos del XIX”. Pura reivindicación del sentido profundo de la pintura realista.

( Maribel en la mesa. 2006. Grafito sobre papel de Francisco López. 72×97) (*)

Además de los 10 pintores del grupo de los realistas del 60 que lideró Antonio López, están representados con obras otros afines al mismo, ya que, como complemento, se incluye en sala aparte una selección de obras de la Colección Arte Contemporáneo del museo, formando la exposición paralela “Miradas a la realidad”, la cual estará abierta más tiempo, hasta el 6 de abril. Así pueden contemplarse, además del, podríamos decir, núcleo duro del realismo (los ya citados Antonio López, Cristóbal Toral, Julio López, María Moreno, Esperanza Parada, Amalia Avia, Carmen Laffón, Isabel Quintanilla, José Hernández y Paco López, aunque Carmen Laffon, Toral y Hernández no pertenecieron propiamente al grupo), obras de Alfonso Albacete, José Manuel Ballester, Elena Blasco, Isidro Blasco, Victoria Civera, Equipo Realidad, Alberto García-Alix, Kepa Garraza, Dionisio González, Carlos Grijalba, Jesús María Lazkano, Francisco Leiro, Ignacio Llamas, Julio López Hernández, Cristina Lucas, Mateo Maté, Antoni Muntadas, José Miguel Pereñíguez, Andrés Pinal, Juan Carlos Robles, Simeón Sáiz Ruiz, Damián Ucieda, Juan Ugalde y Darío Villalba.

En las cinco salas del Museo y los pasillos, que ocupa “Realistas”, y que ha contado con la colaboración de los propios artistas que han prestado generosamente las obras para esta muestra, así como de prestigiosos coleccionistas e instituciones de toda España, destacan 26 esculturas, entre ellas varias de Antonio López y, también suyas, dos cabezas de niña de más de tres metros de diámetro que ocupan la Capilla de los Fuensaldaña y que, cuando acabe la exposición, serán instaladas en la Calle San Benito esquina a Poniente y en los jardines del Museo Patio Herreriano, donde permanecerán todo el año.

( Niño con tirador. 1953. Óleo de Antonio López. 94,5×130) (*)

Julio López ha subrayado que parte de las esculturas que ha traído a esta exposición han supuesto “darle cuerpo real al recuerdo”, recordando sus experiencias en la ciudad del Pisuerga cuando viajaba a ella como estudiante de Bellas Artes o cuando participó en la instalación de las dos grandes esculturas de los Reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía que presiden el claustro del museo. María López también destacó la vinculación de su padre con Valladolid.

La exposición abarca casi 60 años, por lo que permite ver la evolución de estos artistas a lo largo del tiempo. Se exhiben obras poco conocidas o inéditas, según los casos, entre las que figuran dos óleos muy tempranos de Antonio López («Niño con tirador» y «Josefina leyendo»), ambos fechados en 1953, y uno de sus lienzos más recientes («Rosas de Ávila XI»), firmado en 2016, y que figuró en las Edades del Hombre de Toro. También se puede ver la evolución de Carmen Laffon, José Hernández y Francisco López, con obras de sus primeras etapas. Organizada temáticamente, tiene tres grandes apartados, la figura humana, las naturalezas muertas y bodegones y los paisajes.

Me ha sorprendido que la mejor reseña de la exposición que he encontrado, está en la web del Ayuntamiento vallisoletano (doy el link porque en la entrada no es fácil encontrarla: http://www.valladolid.es/es/actualidad/noticias/museo-patio-herreriano-presenta-realistas-gran-exposicion-) que recoge la intervención de las comisarias de la muestra bajo el título CUANDO LA REALIDAD SE TRANSFORMA EN ARTE, que no nos resistimos a reproducir aquí:

( Paco escribiendo. 1995. Óleo de Isabel Quintanilla. 130×99) (*)

“Como apuntan las comisarias de la muestra, María López y María Toral, «Los acontecimientos bélicos y sociales del siglo pasado hicieron que el mundo cambiara a una velocidad vertiginosa hasta entonces desconocida. Esa misma rapidez se reflejó, sin duda, en la Historia del Arte. Los artistas actúan como testigos de su época y son capaces de ir evolucionando al mismo tiempo o, incluso, de adelantarse a ciertos hechos.

( Testamento inútil. 1974. Óleo de José Hernández. 155×114) (*)

Por eso el siglo XX, con sus continuos cambios, constituye un periodo único en el cual el panorama artístico fue inmensamente fructífero dando lugar a distintos movimientos, algunos efímeros y otros no. «Que todo cambie para que todo siga igual» decía el siciliano Giuseppe Tomasi di Lampedusa en «El Gatopardo», una de las obras cumbres de la literatura. En esa afirmación, sencilla en apariencia, subyace la idea profunda de que todo permanece intacto aunque todo haya cambiado. Lo que nos hace pensar indiscutiblemente que eso mismo ocurre en cierto modo con el arte y por eso, si lo analizamos, podemos concluir que algunos de los grandes ismos revolucionarios bebieron de las fuentes de la tradición para crear nuevas tendencias.»

Por ejemplo, eso mismo ocurrió con el cubismo, uno de los ismos más innovadores del siglo XX, en el que Georges Braque, Pablo Picasso o Juan Gris recurrieron a un antiguo género, el del bodegón. A través de las naturalezas muertas representaban objetos de la vida cotidiana de una forma hasta entonces desconocida: fragmentada y, empleando otros materiales distintos a los clásicos (recortes de periódicos o papeles) creando así novedosos «collages».

( Rosas para Leandro. 1999. Óleo de Carmen Laffón. 45×65) (*)

Pensemos que siglos antes los pintores flamencos revolucionaron la Historia del Arte dotando de un protagonismo que nunca antes había gozado el bodegón y que, más tarde, fueron estos pintores cubistas quienes tomaron el relevo y utilizaron ese mismo género para dar lugar a un nuevo movimiento revolucionario como el cubismo. Aunque es verdad que intervinieron otras influencias formales como el arte africano que tanto fascinó a Picasso, el concepto del bodegón fue una de las claves para el surgimiento de este importante movimiento.

Como era de esperar, recibieron numerosas críticas, por ejemplo, el artista Francis Picabia les llamaba » pintores de servilletas», para así desacreditar la recuperación que habían hecho de esta pintura. Pero lejos de renunciar a las naturalezas muertas, estos artistas convirtieron un género aparentemente denostado en un elemento clave para la imaginación moderna. Aunque sin abandonar los temas tradicionales, enfatizaron en los bodegones para crear un nuevo enfoque compositivo abierto a la modernidad. La visión de cada uno de los artistas es distinta y el bodegón, sorprendentemente, se convierte en una pintura indispensable para el ejercicio de la libertad artística en el siglo XX.

( Perro muerto. 1963. Óleo sobre tabla de Antonio López. 73×100) (*)

Marcel Duchamp afirmó que «el arte tiene la bonita costumbre de echar a perder todas las teorías artísticas». Y como vemos, eso precisamente fue lo que sucedió durante la centuria pasada: todo lo formalmente establecido hasta entonces pasa a un segundo plano para dar protagonismo a distintos estilos, nuevas técnicas y soportes variados.

Tal vez por eso, el acto más revolucionario que podía realizarse en un momento en el que los limites del arte parecían diluirse era precisamente mirar al pasado y volver a la tradición, pero reinterpretándola y dotándola de actualidad como ocurrió con el ejemplo de los bodegones.

( Ministerio de Fomento. 1988. Óleo sobre tabla de Amalia Avia. 89×145) (*)

En cierto modo, ocurrió algo parecido en los años sesenta, cuando el realismo volvió a adquirir un gran protagonismo, gracias, principalmente, a un grupo de artistas norteamericanos. Mientras que el expresionismo abstracto y las performances parecían tomar fuerza, algunos pintores como Edward Hopper o Andrew Wyeth hicieron que este estilo recobrara un lugar primordial en el horizonte artístico.

En nuestro país, en esa época parecía que lo más vanguardista era optar por el informalismo. Recordemos que tras la Segunda Guerra Mundial empiezan a tomar fuerza las tendencias abstractas en el mundo del arte. Concretamente en Francia surge el informalismo, movimiento que va en paralelo con el expresionismo abstracto que tuvo lugar en Estados Unidos. El origen de este término fue acuñado por el crítico Michel Tapié en 1951 en la exposición Signifiants de I’informel, que se celebró en París. Dentro de ese movimiento se distinguían diferentes corrientes: la abstracción lírica, la nueva escuela de París, el tachismo, el espacialismo, el art brut o la pintura matérica .

( La llegada. 1975. Óleo de Cristóbal Toral. 212×240) (*)

La particular historia de España hace que el informalismo desarrollado por nuestros artistas tenga una identidad especial. Este movimiento propone prescindir de la voluntad formal y propugna la creación según los criterios que el instinto dicta, plasmándolo de distintas formas, unas veces expresado con manchas de color o a través de composiciones de líneas que se entremezclan.

Al mismo tiempo que se desarrollaba el informalismo, un grupo de artistas españoles de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, participaron decisivamente con una nueva visión de la realidad en la renovación y ampliación del panorama artístico.

Anteponían el testimonio de la vivencia personal a la mera captación de la realidad buscando lo cercano y lo familiar. Se les llamó «nuevos realistas», a pesar de que sus obras en algunos casos iban más allá del realismo, evolucionando hacia formas y tendencias de la figuración. Compartían, eso sí, un gran interés por el lenguaje sugestivo del objeto. La temática, generalmente estaba relacionada con escenas de la vida cotidiana, con interiores casi vacíos y paisajes urbanos. Se preocupaban de manera especial por la luz y las sombras, imprimiendo a sus obras una atmósfera cálida que ambientaba el conjunto.

( Esperanza caminando. 1977. Mármol con poliéster de Julio López, 168x65x50) (*)

En definitiva, sus cuadros respiraban un aire intemporal, donde se mostraba la trascendencia del mundo cotidiano que les rodeaba. Este grupo diverso, pero con inquietudes similares, estuvo liderado por la figura de Antonio López, considerado por la crítica como la figura más relevante.

Pero para entender correctamente el realismo tenemos que remontarnos a su origen. Este estilo surgió en Francia de la mano de su máximo exponente Gustave Courbet (1819-1877) . El escritor Jules Champfleury en su manifiesto Le Realisme (1857) proclamaba que el arte debía ser un reflejo objetivo del mundo y estar guiado únicamente por la visión del artista. En verdad, los pintores realistas no seguían ninguna teoría estética, sus pautas consistían en desarrollar una visión sencilla e imparcial de la vida que les rodeaba.

( Bodegón de las sandías. 1966. Óleo de Cristóbal Toral. 178×164) (*)

Así, en algunas ocasiones sus obras tenían un carácter socializador y, a veces, comprometido. Pero este estilo no tuvo una buena acogida: algunas obras fueron tachadas de inmorales y de no cumplir con las reglas del «buen gusto». Los realistas pintaban lo que veían aunque fuera feo y desagradable. Hay que tener en cuenta que además, en aquella época, pleno siglo XIX, triunfaban la inspiración fantasiosa del romanticismo y el formalismo académico. En contra de esos movimientos, el realismo daba protagonismo a temas que se consideraban secundarios en la jerarquía clásica de los géneros artísticos.

De repente, la vida cotidiana, las naturalezas muertas, los paisajes y los retratos consiguieron un nuevo impulso capaz de adquirir un valor hasta entonces nunca visto. Así exploran «la realidad» en la que la gente vivía para dotar a la pintura de una nueva visión partiendo precisamente de esa realidad. Courbet decía «he inspirado el sentimiento razonado e independiente de mi propia individualidad en el conocimiento completo de la tradición». Y así fue. Entre sus influencias se encuentran los venecianos Veronés y Tiziano, pero sobresale su interés por el arte realista de Zurbarán y Velázquez. El realismo de Courbet implicó una ruptura similar a la que consiguieron los artistas flamencos con el bodegón. Y al igual que el cubismo recuperó ese género en los primeros años del siglo XX, el realismo también recobró su importancia medio siglo más tarde.

Si volvemos a los artistas que presentamos en esta exposición por primera vez, podremos ver como la figuración regresa para quedarse definitivamente. Estamos ante casi ciento cincuenta obras realizadas por artistas cuya inspiración parte de la realidad pero creadas con la personalidad propia de cada uno, lo que significa que la realidad puede ser tan diversa como los artistas que la interpretan.

( Paisaje de Sevilla la Nueva. 2002. Óleo de Isabel Quintanilla. 100×130) (*)

Los diez artistas que protagonizan esta muestra nos acercan a esa realidad desde ángulos muy distintos. Immanuel Kant decía «»La belleza artística no consiste en representar una cosa bella, sino en la bella representación de una cosa » . Y nosotros vamos a contemplar cómo estos artistas dan rienda suelta a sus inquietudes desde la sabiduría y la humildad, para alcanzar la belleza y transformar la realidad en arte de nuestro tiempo.

Los artistas que integran esta muestra son: Esperanza Parada (1928-2011), Amalia Avia (1930-2011), Julio López (1930), Francisco López (1932-2017) , María Moreno (1933), Carmen Laffón (1934) , Antonio López (1936), Isabel Quintanilla (1938 ), Cristóbal Toral (1940) y José Hernández (1944-2013) .

Por ejemplo, Amalia Avia, cuyas pinturas están invadidas de poesía, logra que la soledad subyacente cobre protagonismo. Carmen Laffón , con un estilo más diluido, impregna también sus obras de un aire nostálgico . Otra de las artistas de la exposición, María Moreno, destaca por su gran dominio técnico; sus jardines e interiores nos muestran lugares cotidianos pero desde su estilo refinado y único. Su compañera en San Fernando, Isabel Quintanilla, es una de las pintoras destacadas del realismo por su destreza en plasmar la luz que invade sus pinturas. Otra mujer , Esperanza Parada, se caracteriza por su sobriedad y por las composiciones casi abstractas de sus bodegones.

Julio López, creador incansable, nos presenta en esta ocasión algunas de sus últimas creaciones que demuestra su conocimiento de los materiales que maneja con gran maestría.

En la muestra podremos ver también esculturas de su hermano, Francisco López, un gran escultor que compagina la fuerza de su escultura con la belleza y la poesía. También se podrá disfrutar de algunos de sus magníficos dibujos. Al tiempo que esta exposición se estaba organizando, recibimos la triste noticia del fallecimiento de Francisco López. Sirva esta muestra para rendir homenaje a este artista incansable, nieto, hijo, hermano, esposo y padre de artistas.

Paco, como le llamábamos los amigos, desde su característica humildad observaba siempre sin ser descubierto. Sus obras dan fe de ello así como estas hermosas palabras que escribió sobre su querida Maribel: «Siempre me ha gustado demorarme y asistir interesado ante el espectáculo que Maribel me brinda mientras trabaja en alguno de sus cuadros. Algo aprendo viéndola atenta, recogida, con esa disciplina que yo no tengo, preguntando a la realidad con la mirada y disponiendo los tonos sobre la paleta en busca de esa luz pasajera que la ha cautivado. No juzgo el valor absoluto o relativo que pueda tener su obra, pues como dice Machado: «juzgarnos o corregirnos supone aplicar la medida ajena al paño propio», pero sus cuadros y dibujos me han procurado esas emociones estéticas, esas satisfacciones legítimas, esa complacencia del espíritu que sólo el objeto artístico nos puede proporcionar y que ninguna otra cosa en la vida puede imitar, y como además, las satisfacciones del artista no están en lo que se hace sino en lo que se supone que se hace, con mis suposiciones me abrigo y eso me basta».

( La cena. 1971-80. Óleo sobre tabla de Antonio López. 89×101) (*)

Por supuesto, no podía faltar dentro de esta selección Antonio López , sus óleos, sus dibujos y sus esculturas son el mejor exponente de la figuración, donde la realidad adquiere una extraordinaria belleza.

Un aspecto interesante que vale la pena mencionar de este grupo de artistas realistas, es el inequívoco aire de familia que les une. Una situación excepcional en el panorama artístico español. Las parejas formadas por Antonio López y María Moreno, Esperanza Parada y Julio López ,Francisco López e Isabel Quintanilla, son un claro ejemplo de este «arte de familia» característico y particular del realismo español de la segunda mitad del siglo XX. Se unen a esta selección otros artistas claves de la figuración. La sevillana Carmen Laffon está presente con interiores, bodegones y objetos domésticos que pinta de una forma diluida y atmosférica. Otro andaluz, Cristóbal Toral, nos muestra su mundo singular, tan diverso como poético. También nos encontraremos frente a las pinturas inquietantes y misteriosas de José Hernández.

En sus memorias, Amalia Avia cuenta como «…en pleno auge de la abstracción, la aparición de Antoñito supuso una tabla de salvación para los que, como yo, habíamos elegido el camino de la figuración más directa. La fuerte personalidad de Antonio y su talento pronto reconocido dignificaron y pusieron al día la pintura realista y hasta la situó en vanguardia justo en el momento de esplendor de lo abstracto, cuando el realismo era considerado reaccionario y académico. A la par que Antoñito, los hermanos López Hernández, Julio y Paco, desempeñaron un papel parecido en el ámbito de la escultura».

Es interesante destacar que entre los realistas madrileños no se consideraban un grupo, su idea no era la de agruparse y tener que seguir unas pautas y unas líneas conjuntas. Todos querían mantener su independencia, sin embargo, se les agrupa artísticamente ya que estaban unidos por lazos familiares y amistosos. Fueron compañeros de estudios, incluso trabajaban juntos y por supuesto compartían protagonismo en exposiciones, además les une que todos nacieron antes de la Guerra Civil y fue en Madrid donde iniciaron el desarrollo de su carrera en los años cincuenta.

Los realistas madrileños se convirtieron en los catalizadores del realismo, lo dotaron de vigencia y actualidad. A pesar de las apariencias, su relación con el arte abstracto era íntima, de hecho ahí estaba Lucio Muñoz, compañero de los realistas en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y esposo de Amalia Avia. Muñoz los influyó de distintas formas, incluso estéticamente, como puede apreciarse en la presencia de lo matérico. A pesar de la aparente distancia entre la figuración y la abstracción, se confirma que sí existía esa influencia y numerosos puntos comunes. De hecho el artista Lucien Freud decía que «cuanto más miras un objeto, más abstracto es, y también, irónicamente, más real».

También es importante destacar como la mitad de ese «grupo» de los realistas madrileños estaba compuesto por mujeres: Esperanza Parada, Amalia Avia, María Moreno e Isabel Quintanilla, lo que no era muy común en esos tiempos, cuando la mayoría de los artistas eran hombres.

Además de Carmen Laffon, hemos querido incluir en esta exposición a otros dos artistas, Toral y Hernández, todos andaluces, que obviamente no forman parte del grupo que se conoce como los realistas de Madrid. Pero que amplían y enriquecen la visión del movimiento figurativo que empezó a forjarse en los años sesenta en nuestro país. Por supuesto, hay muchos más artistas que podrían sumarse a esta selección, pero la variedad del movimiento es tan amplia que nos obliga a limitarnos.

Incomprensiblemente, en nuestro país, en estos últimos veinte años han sido escasas las exposiciones que se han organizado alrededor de este movimiento. No ocurre lo mismo en Europa, donde las exposiciones de artistas figurativos y realistas como Balthus o Lucien Freud, se suceden con gran éxito de crítica y público.

Algo que sí les une indiscutiblemente, a todos estos artistas presentes juntos por primera vez en Valladolid es que luchaban y luchan, consciente o inconscientemente, para que en España el arte recobre la importancia de la que gozó en otros tiempos. Todo esto partiendo del realismo, ese movimiento con el que Courbet revolucionó a la sociedad en su época y que aún hoy parece seguir creando animadversiones en algunos sectores artísticos. Tal vez estos artistas realistas o figurativos, como muchos de ellos prefieren ser mencionados, lejos de ser tradicionales, como podría parecernos a primera vista, deberían calificarse como rebeldes ya que cumplen perfectamente con la idea que expuso Albert Camus: «para ser revolucionario, hay que creer aún en algo donde no hay nada que creer».”


(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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