Por Carlos de Bustamante

( Carmen)

Sé mis amigos que me vais a perdonar esta nueva confidencia tan insistente. ¡Cómo no repetir `tema´ por el reciente fallecimiento de mi queridísima esposa Carmen: `mi pelirrojilla, mi polvorilla´!

Os decía en mi artículo del pasado día 7 de este mes (agosto), lo que durante tres semanas mi esposa había disfrutado en la Abadía de los Templarios. Y dos días luego en Santander por la boda de nuestra nieta `Leticiuca´.

Cuando volvió conmigo -yo no pude asistir-, me relató con todo detalle los dos felicísimos días donde fue casi tan protagonista como la novia. Y fue así, por el cariño que ya le tenían los conocidos o familiares, como pronto le tomaron todos a la abuela de la novia. En su móvil, ¡qué bien lo manejaba!, me enseñó un montón de fotografías que había recibido de no sé quién por eso que llaman watsapp o así, todas comentadas; detuvo el aparato cuando me pareció ver fugazmente su rostro.

– ¡Para, para, que quiero ver ésa!   A duras penas accedió. – ¡Carmen, estás guapísima! Más, mucho más. ¡Estás preciosa!, le dije.

– ¡Carlitos, Carlitos, que no, que no!, que estoy muy vieja! Y pasó enseguida a otra. Hubo de volver a ella repetidas veces.

– ¡Pero ¡qué pesado eres, Carlitos! No sé cuántas veces repetí pre-cio-sa. Uno de mis yernos, me puso todas en una carpeta nueva en este `bicho´. Las de la boda y las muchas en la Abadía de los Templarios que sacó José, mi necesario ayudante y amigo.

Aún no sé cuál de ellas elegiré para el presente artículo, porque todas me parecen preciosas. Nuestro `dire´ y organizador del blog tres foramontanos en Valladolid, la elegirá con más imparcialidad.

Por supuesto que el rodillo del tiempo deja huella indeleble en ella y en todos. Les parecerá a otros que ya es mayor, como le parecía a ella. De verdad de la buena, que a mí no. Por si vosotros sois uno `de los otros´ y no me ofenderéis por ello, debo poneros en antecedentes: mi Carmen, tuvo ocho embarazos. De ellos sólo viven cinco hijos. Fueron todos deseados, queridos y buscados, aunque dejaron huella. Se entregó totalmente a ellos, sin que esto significara en absoluto menor atención a su marido a quien amaba como ella bien sabía: silenciosa, calladamente, pero con obras que, sin quererlo, lo proclamaban a gritos. No sin dolor inmenso y con más y mayor pena he de manifestar que, queriéndola muchísimo, no lo hice tanto como merecía. Un poco tarde, pero ya sabes `mamá´, que ahora lo lamento de veras y te amaré -novio, pero ya anciano- como cuando con 13 y 15 años nos conocimos. Tú, mi `pecosilla´ de colegiala con el uniforme del colegio de la Enseñanza. Y `tu Carlos´ -Carlitos- colegial en el de Nª Sª de Lourdes en el mal llevado 5º de bachillerato; recién estrenado el pantalón largo, pasando antes por el bombacho, naturalmente heredados.

Pasaron años hasta que por vez primera nos tomamos de la mano; y aún siento el escalofrío de ese primer contacto con pudor inmenso. Como a escondidas y cuasi horror precioso, pasaron más años hasta aquel primer beso. ¿Te acuerdas? Fue al atardecer en el Campo Grande, junto al Paseo del Príncipe. Ni comparación con la gloria que ahora disfrutas, pero por vez primera atisbé – ¿atisbamos? – la dicha del Cielo. ¡Qué cosas…! Y éramos casi niños. ¡Y qué peligro, del que nos vimos libres por tu inquebrantable pureza y la gracia de Dios que recibíamos a raudales por la Santa Misa y Comunión que recibíamos siempre que nos era posible asistir y recibir juntos!

Sin serlo `oficialmente´, éramos ya “los novios (precoces) de barrio”. Ambos del histórico de San Miguel. Y de verdad no lo fuimos hasta ingresado en la Academia General Militar. Imposible olvidar – ¿verdad? – cuando estrenadas las vacaciones te fui a buscar al Colegio con el uniforme de Caballero Cadete. ¡Hasta las monjas de clausura se asomaron entre rejas para vernos! No sé mi pelirrojilla, porque lo eras y preciosa, si te avergonzaste o te sentiste orgullosa. Lo que te puedo asegurar, y tú lo sabes, es que el revuelo a la puerta del colegio fue de los que, ¡insensato o presumido! hacen época. Fue entonces, al subir la pendiente que pasa por la Antigua hasta la plaza de la Universidad, cuando me atreví, pese a tu rubor intenso, pero sin excesivas protestas, a tomarte del brazo. Tu brazo, del que no supe ni quise desprenderme, hasta las 22,00 horas en que los dos teníamos que estar en casa.

Para nosotros, éramos ya novios: 15 y 18 años. ¡Una locura… bendita!, ¡Pero locura! Terminaste los estudios antes de tiempo. Intensificamos durante mis vacaciones académicas la asistencia juntos a la Santa Misa y Comunión, sin dejar nunca las periódicas confesiones con nuestros respectivos sacerdotes. ¡Bendita locura; pero locura!

Desde entonces transcurrieron felices acontecimientos que omito, pues creo recordar haberlos relatado hace tiempo en este mismo blog. “Entrada en tu casa”, puesta de largo en Toledo, desfile de la   Victoria en Madrid, primer destino africano… Matrimonio en nuestra parroquia de San Miguel con 20 y 22 años; oficiando la ceremonia -religiosa, claro-, don José Velicia amigo mío desde la infancia y famoso luego por ser cofundador principal de las Edades del Hombre…

Camino luego con rosas y espinas – no habría rosas, dicen, sin espinas – y mucho amor en la que mi Carmen pasó a ser ejemplar protagonista. Dios `la ha bendecido´ por su absoluta- total- entrega a su marido e hijos.

Qué insensato fui, volcado de lleno a mi trabajo extra, y más a mi profesión, sin reparar, o reparando poco, que a mi lado estaba una inquebrantable fidelidad, trabajadora hasta la extenuación. Tarde, pero recuerdo ¡ahora! Lo que en alguna ocasión leí o escuché. Transcribo, para finalizar, lo buscado y encontrado en Google: “Una buena ama de casa, ¿quién la encontrará? Es mucho más valiosa que las perlas”.

Y recuerdo palabras del inolvidable día de nuestra boda: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia”.

O lo que al respecto añade el libro de los Proverbios: “Una buena ama de casa, ¿quién la encontrará? Es mucho más valiosa que las perlas. El corazón de su marido confía en ella y no le faltará compensación. Ella le hace el bien, y nunca el mal, todos los días de su vida. Se procura la lana y el lino, y trabaja de buena gana con sus manos. Aplica sus manos a la rueca y sus dedos manejan el huso. Abre su mano al desvalido y tiende sus brazos al indigente. Engañoso es el encanto y vana la hermosura: la mujer que teme al Señor merece ser alabada. Entréguenle el fruto de sus manos y que sus obras la alaben públicamente”.

Con lo dicho, mis amigos, doy fin a cuanto pudiera escribir sobre el inagotable motivo por el que estoy “tristemente alegre”. Vuelvo a la intimidad “como ella lo querría”. A cuantos nos tuvieran aprecio, grande o pequeño, os digo: porque ella lo sabe, pedirle cuanto necesitéis.   Os asombrará el resultado. Bendita sea.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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