Ignacio Camacho, Periodista

Verdad

«La resilencia le ha permitido a Rajoy escapar casi ileso de una de las más peligrosas crisis de su carrera»Columna en 'ABC', 01-05-2016

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Ignacio Camacho asegura que ha sido tal el espectáculo dado por determinados partidos que Rajoy se presenta como un evidente garante de estabilidad, aunque está claro que serán las urnas las que ‘hablen'.

Nadie puede dudar a estas alturas de que Rajoy sea un hombre paciente. Ha hecho del inmovilismo una estrategia política, casi la única o desde luego la fundamental de su carrera. Pero su cualidad principal no es la paciencia sino la resiliencia: un concepto de la psicología positiva que se refiere a la capacidad de sobreponerse a contratiempos y situaciones adversas. La calma, el aguante, la perseverancia pasiva, son en él herramientas emocionales -o antiemocionales, más bien- al servicio de su objetivo esencial de supervivencia. Su falta de sensibilidad adaptativa la compensa con una rocosa tenacidad que le permite rebotar sobre las dificultades hasta erigirse en un raro caso de éxito a contracorriente.

Esa condición de experto resiliente le ha permitido escapar casi ileso de una de las más peligrosas crisis de su carrera. A lo largo de estos cuatro meses ha estado varias veces más fuera del poder que dentro. Sin embargo, amenazado de naufragio ha logrado alcanzar la orilla sin moverse, flotando quieto en un oleaje político de agitación compulsiva. Bloqueado por el veto contumaz de Pedro Sánchez, apostó por la inmovilidad para dejar que los demás descarrilasen por el impulso de su propio dinamismo. La repetición electoral era su único objetivo desde que entendió que sin el PSOE no tenía opciones, y agarrado a ese salvavidas ha conseguido otra oportunidad. De todos los dirigentes españoles actuales es el que más partido sabe sacar de sus propios defectos.

Aunque el éxito parcial de esa apuesta por el mal menor no lo mejora como político ni soluciona los problemas de su liderazgo, le ha permitido eludir la derrota y salir reforzado en su autoridad interna. Sigue siendo un gobernante desgastado, sin empatía, alérgico a las novedades, con un lenguaje de madera y una inquietante proclividad a minimizar la importancia de la corrupción en el colapso de la confianza social; pero su fortaleza pragmática, su impermeable resistencia, le mantiene de pie como un tentetieso. El enroque gubernamental de esta legislatura fallida ha sido coriáceo. Una política de tierra quemada sin concesiones, capaz de sacrificar -caso del ministro Soria- cualquier pieza que quedase fuera de la zona de seguridad de su búnker blindado.

Y sentencia:

A base de dilatar los tiempos, el marianismo llega a las elecciones con el programa redactado por sus adversarios. Rajoy se va a presentar como garantía de estabilidad frente a una política-espectáculo de saltimbanquis y tarambanas. Apoyado en el recio suelo electoral de la derecha puede volver a ganar en minoría y entonces tendrá que pisar un terreno inédito, el de los pactos y concesiones, en el que tal vez su cabeza vuelva a estar sobre el tablero. Pero no cruzará ese puente antes de llegar al río. Y de todos modos, hasta un superviviente contumaz sabe que ni siquiera la resiliencia le garantiza la propiedad de volverse eterno.