La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Malaviadas (II): Mi experiencia en el adiós a Juan Pablo II

En homenaje a mi gran amigo, Don Pablo Hernández Breijo, que me ha dedicado hoy su primer artículo del año (‘El bisoño Malavia’) en su excelente blog, cuento hoy una segunda malaviada. En este caso no es una surrealista, sino tal vez, la gran aventura de mi vida: mi asistencia al entierro de Juan Pablo II.

Cuando el 2 de abril de 2005 el Santo Padre murió yo sentí cómo un puñal atravesaba mi corazón. Siempre lo he dicho: Juan Pablo II es la persona que más he admirado en mi vida. Fue, es y será el gran referente de mi vida. Por eso, esa misma noche, junto a algunos miembros de mi parroquia, nos desplazamos hasta Colón, en el homenaje que la juventud española le rindió al Papa recién muerto. Entones ya comenté con Curry, seminarista de nuestra diócesis de Alcalá de Henares, que teníamos que hacer todo lo posible por llegar a Roma para el entierro. Sin embargo, los días pasaron y ya lo daba por imposible… Hasta que el martes 5, a las 12 de la noche, me llamó Curry. Me decía que al día siguiente salían de Alcalá dos furgonetas con varios seminaristas y sacerdotes… y que a última hora se había quedado un hueco libre. No lo dudé. Mi “sí” fue estallante.

Tras preparar la maleta en 10 minutos y echarme en la cama un par de horas (en las que no pude dormir), cogí el primer autobús para Alcalá y llegué al seminario. Oímos todos misa y desayunamos rápidamente. A la media hora ya estábamos en camino hacia la Ciudad Eterna. Fue un viaje lleno de fe, ilusión y esperanza, a pesar de que cada cierto tiempo nos llamaban nuestros familiares diciendo que habían anunciado en la televisión que Roma estaba desbordada y ya no se podía acceder a ella. Alguien habló de desviarnos hasta Florencia para aprovechar el viaje y olvidarnos de Roma. Sin embargo, el gran sacerdote y amigo, Fernando Altolaguirre, repetía sin cesar: “tranquilos, habrá milagro”.

Al final, pasada la frontera transalpina, decidimos pasar noche en un monasterio de la región de La Spezia. Cuando a la mañana siguiente celebramos la misa, me llamó la atención que el altar estuviera pegado a la pared. Fue así como participé en mi primera y única misa “preconciliar”, con el sacerdote de espaldas a los fieles. Tras decidir finalmente “jugárnosla” e ir a Roma, paramos en una gasolinera que estaba en las cercanías de la capital italiana. Allí pudimos conocer a un sacerdote de Wadowice, el pueblo natal de Juan Pablo II, y que celebraba la misa al aire libre junto a sus parroquianos. Un mar de coches con banderas polacas se dirigía hasta el mismo destino que nosotros. Era un espectáculo digno de ver, inolvidable.

Y así, hasta que entramos en Roma… que increíblemente nos permitió el paso despejado hasta el Colegio Español, sede de nuestro clero patrio. Yo no lo vi, pero algunos de mis compañeros vieron allí a Don Antonio Cañizares, arzobispo de Toledo. Tras reunirnos, pensamos qué hacer. Muchos nos decían que las colas para ver al Papa superaban las 20 horas y que ya nos sería materialmente imposible verlo, puesto que al día sigi¡uiente era el entierro. Nos daba igual: había que intentarlo. Y Fernando Altolaguirre seguía diciendo aquello de “habrá milagro”.

Y lo hubo, otra vez. Justo antes de ir, nos informaron de que nuestro obispo, Don Jesús Catalá, había llegado a Roma e iba a asistir esa misma tarde a una misa de todos los obispos en honor del Papa polaco. Y para allá nos fuimos. Nos apostamos en la puerta trasera del Vaticano y esperamos a nuestro obispo. Cuando llegó, nos pegamos a él como una lapa y, cual guardia pretoriana, pasamos el control de la policía. Don Jesús, cuestionado por un guardia de seguridad, me puso la mano en el hombro y dijo algo así como “seminaristi spagnolo”. Y amén, porque un minuto más tarde estaba dentro de la magna Basílica de San Pedro. No sin antes cruzarme en la puerta con John Kerry, candidato perdedor de las elecciones americanas ante Bush, y con quien me hice una surrealista foto.

De pronto, Juan Pablo II. Muerto. Tuvimos la gran suerte de acceder (por no decir colarnos) al sector de las autoridades, por lo que pudimos permanecer ante él el tiempo que quisimos. Fue emocionante postrarme ante su cuerpo inerte y su alma viva y rezarle “a él” más que “por él”. Sentía que estaba más unido a su ser que nunca, que le podía hablar. Jamás lo olvidaré. Como tampoco olvidaré cuando me crucé con Don Stanislaw Dwziwisz, su secretario personal, que salía de velarle. A pesar de los consejos que me dieron (“no hagas nada, que nos pueden echar”), no lo pude evitar. Me dirigí hasta él y me arrodillé, besándole las manos. Llorando, le di las gracias. Por cuidarle hasta el final, por ser como su hijo, por todo.

Comulgar a escasos metros del cuerpo inmóvil de Juan Pablo II fue el punto culminante a la jornada, que discurrió después entre mi pérdida por Roma (esa es otra historia, pero baste decir que gracias a Dios me encontré por la calle con Don Jesús, mi obispo y mi gran benefactor del día) y una cena a basa de pizza en un restaurante local. Y por si fuera poco, ese 7 de abril único concluyó en el Colegio Urbaniano, justo enfrente del Vaticano. Muy amablemente, allí nos dejaron un sitio para pasar la noche. El director del colegio nos contó que en el edificio, esa noche, dormían varios cardenales venidos de todo el mundo para ese día. “Nos os voy a decir quién, pero creo que estáis durmiendo al lado de quién va a ser el futuro Papa…”, concluyó. A pesar de nuestra insistencia, no nos quiso revelar su identidad… y siempre me he quedado con la duda de a quién se refería. También nos dijo que desde el techo del propio edificio, al día siguiente todas las televisiones del mundo recibirían la señal de las cámaras que allí estaban apostadas. La verdad es que era un sitio privilegiado. Nos pasamos al menos dos horas frente a las ventanas que daban cara a cara frente a la Basílica de San Pedro, silenciosa, majestuosa, portadora del cuerpo del Papa, iluminada con la fe de los peregrinos, más bella que nunca…

Y al día siguiente, viernes 8 de abril, el entierro. Madrugamos y tres horas antes estábamos ante las puertas de la Plaza de San Pedro. Pero la cola era interminable y según pasaba el tiempo a penas avanzaba unos metros. Sin embargo, cuando ya casi desistíamos y estábamos a punto de buscar una macro pantalla de las muchas que había por toda Roma para verlo por la televisión, la cola empezó a avanzar rápidamente. A la que nos quisimos dar cuenta, estábamos dentro de la plaza y en un sitio privilegiado. Era increíble. ¿Nos podía pasar algo más? Pues sí, quedaba lo más emocionante. Un flamear de banderas de todos los países inundaban todo el espacio. El ambiente era mágico. Todos sentíamos que tocábamos la Historia con las manos. La ceremonia fue bellísima. Joseph Ratzinger (¡quién me iba a decir que estaba viendo al que sería el próximo Papa!), que ofició el funeral, estuvo excelso. Los “¡Santo Súbito!” eran un clamor constante. Era maravilloso… y así hasta que llegó el momento del adiós definitivo. Cuando el ataúd del Papa fue levantado y mostrado a los fieles, las lágrimas, la emoción, el agradecimiento y el amor colmaron todo ese instante que nadie quería que se acabara. Fue simplemente mágico.

Poco después, cogimos nuestras furgonetas y emprendimos un retorno de 24 horas casi sin parar hasta Alcalá. Todos estábamos agotados, abrumados, impactados, felices, felices, felices…

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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