La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

San Gabo y su último servicio a la causa madridista

Puede que Gabriel García Márquez no creyera en Dios, pero Él siempre creyó en el gran escriba colombiano. Hasta el punto de que, una vez cerrados aquí los ojos para siempre el pasado Jueves Santo, el Viernes de Luz le sorprendió allí a san Gabo con toda la eternidad por delante para ser feliz. En estas profundidades andaba yo sumergido

Mi radiografía

Un gran amigo, que en Facebook adopta el nombre de Marco Vinicio Ripario Baetico, ha elaborado su propia definición del palabro “Malaviante”. No por vanidad, sino por agradecimiento hacia un regalo que me ha hecho reír a carcajadas, lo dejo registrado en esta casa digital, sede en la que habita el espécimen referido. Esta es, en definitiva,

Caído en combate

En el transcurso de esta jornada, 4 de febrero de 2013, Miguel Ángel Malavia, pendenciero escriba nacido en la villa conquense de Landete y residente en la urbe madrileña de Arganda del Rey, ha caído en combate. Los hechos acaecieron fruto de su frustración por su imparable obesidad. El susodicho personaje había quedado trastornado porque

Malaviadas: ¿Cuántos dedos tengo? (bis)

Hace poco, mi gran amigo Ciriaco de Málaga me dedicó un artículo, ‘Malaviadas’, que le agradezco profundamente. En él, definía cachondamente las malaviadas como aquellos lances de mi vida impregnados de un particular toque surrealista, y que han sido ya unos cuantos. En su honor, cuento aquí la última malaviada, acaecida hace no

De Platón a Hedón: Landete

Ya sé que la corriente filosófica a la que me refiero, el hedonismo, no fue fundada por ningún tal Hedón, sino por el llamado grupo de los cirenaicos y, después, continuada por Epicuro de Samos, hacia el siglo IV a. C. Pero no se me ocurre una forma más sencilla de resumir lo que implica pasar en unos días de Jerusalén a Landete.

Desenfreno en Neptuno

Reconozco que mi barbarie madridista me impide, en ocasiones, sentir como propia la castiza plaza de Neptuno, refugiándome en demasía en mi pasión por doña Cibeles. Pero hoy, hoy todo ha sido diferente. Neptuno representaba lo mejor de un Madrid que es poesía al compás de un latido de festival. Han sido apenas tres o cuatro minutos,

Constantinopolitando la gran decepción

Después del fiasco del Madrid ayer, siendo eliminado de la Copa del Rey de baloncesto por el Barça, salí del goyesco Palacio de los Deportes con la cicatriz indomable de la gran decepción. Los exabruptos, el ron y un purito sofocaron el desasosiego. Pero eso fue anoche. Hoy, el cabreo seguía intacto. Hasta que, al releer el texto de

Un poco de autoflagelación: caminar… ¿para qué?

Para alguien que, como yo, pasa casi cuatro horas al día en distintos medios de transporte, la visión acelerada del paisaje es lo más normal. En el autobús, la fría primera hora de la mañana anhela el sabor a café, mientras la ventana, resguardada por las legañas y los bostezos, muestra un laberinto de fábricas, árboles y coches...

Preguntas y ¿respuestas?

¿Qué es la vida? Ufff, ¿bailas?, azul especiado, glocalización, hirsuto por preferencia, madera reseca a la par que dulce, ¡mamma mía!, Monica Bellucci, la niebla en la verbena, declaración letal por ser la respuesta inicial y que ya deja sin esperanzas, ¿no? ¡Yes, we can! ¿Qué es lo que te rodea? Regodeo imperecedero, el Poeta,

¡Despierta!

Sumergido en un profundo sueño acabo de ser secuestrado por el apabullante poder del genio malévolo. A base de bandazos, arrastrándome de un lado a otro, de un estado a otro, me hace revivir algunos de los pasajes que han conformado lo que es mi vida. Con una autoridad desconocida para un cantamañanas como yo, sus órdenes suenan así:

Landete, la ciudad sin ley

Levántate y anda, blog adormecido. Tras unos días de parón y necesario descanso, se me acabaron las vacaciones y retorno a la vida diaria. Y a La hora de la verdad, mi olvidado espacio de desfogos en el que me reúno con algunos de mis amigos. ¿Dónde he estado? En la playa... y en un lugar recóndito, al otro lado de la civilización:

Malaviadas (II): Mi experiencia en el adiós a Juan Pablo II

En homenaje a mi gran amigo, Don Pablo Hernández Breijo, que me ha dedicado hoy su primer artículo del año (‘El bisoño Malavia’) en su excelente blog, cuento hoy una segunda malaviada. En este caso no es una surrealista, sino tal vez, la gran aventura de mi vida: mi asistencia al entierro de Juan Pablo II. Cuando el 2 de abril de

Malaviadas (I): ¡¿Cuántos dedos tengo?!

Hace poco, mi gran amigo Ciriaco de Málaga me dedicó un artículo, ‘Malaviadas’, que le agradezco profundamente. En él, definía cachondamente las malaviadas como aquellos lances de mi vida impregnados de un particular toque surrealista, y que han sido ya unos cuantos. En su honor, cuento aquí la última malaviada, acaecida hace no

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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