La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Constantinopolitando la gran decepción

Después del fiasco del Madrid ayer, siendo eliminado de la Copa del Rey de baloncesto por el Barça, salí del goyesco Palacio de los Deportes con la cicatriz indomable de la gran decepción. Los exabruptos, el ron y un purito sofocaron el desasosiego. Pero eso fue anoche. Hoy, el cabreo seguía intacto. Hasta que, al releer el texto de Javi ‘el Grande’ sobre Estambul, he recordado con una sonrisa lo que viví hace un año. Cuando después he ojeado las tres crónicas que escribí a la vuelta Estambul, el contraste; Estambul, la espiritualidad y Estambul, el surrealismo–, una sonrisa más amplia se ha desplegado con la última, reviviendo lo que sin duda fueron dantescas aventuras. Para los que quieran viajar a lo que fue Constantinopla y busquen lo que se esconde tras lo visible y evidente, les invito a leer lo que allí nos ocurrió. Y a los que lo leyeran el año pasado (si es que queda alguno), perdón por la burda autocopia repositiva:

Tras ocho días de experiencia maravillosa en lo que un día fue Constantinopla, retomo con ganas este espacio para ofrecer mis impresiones de la que es una de las más impresionantes ciudades de todo el mundo. Han sido tantas las cosas que me han pasado a mí y a mis 13 compañeros de viaje que he decidido dividirlas en tres bloques: el surrealismo, el contraste y la religiosidad.

¿Y por qué empiezo con el surrealismo? Entre otras cosas porque ya en España fue chocante el hecho de poder saludar a Michel Platini, uno de los grandes futbolistas de la Historia, cuando me lo encontré al escapar al servicio en pleno momento de embarcar en el avión. Pero lo gordo nos esperaba en una Estambul que nos recibía absolutamente blanca, inmersa en una increíble nevada y a 2º bajo cero. El vuelo había sufrido un considerable retraso y eran ya las dos de la madrugada. El enviado de la agencia que tenía que venir a buscarnos se había ido por las de Villadiego y allí estábamos 14 jóvenes españoles, sólos a varios kilómetros de Estambul y rodeados por lo que parecía una turba de chorizos, que deambulaban de un lado a otro. Me recordaba a los documentales de La 2, en los que los lobos rodean a sus presas.

Al fin, minutos después, apareció nuestro salvador, en forma de clon de Eminem. Traía una furgoneta e iba acompañado de lo que se asemejaba a una panda de miembros del hampa, con grandes mostachones, totalmente vestidos de negro y con mirada asesina. De repente, cuando ya estábamos todos subidos en el vehículo (apiñados, porque no cabíamos), vimos como los men in black sacaban todas nuestras maletas y las metían en taxis. Cada taxista era digno de un estudio personalizado… ¡vaya tropa! Los había que tenían problemas de vista, los que conducían con una mano en cada móvil y los que derrapaban en la nieve. Por si fuera poco, en algunos coches el maletero iba totalmente abierto y las maletas sostenidas por una ínfima cuerda. Al final, increíblemente, todos acabamos llegando al hotel sin un rasguño a eso de las tres de la madrugada. Algunos hicimos una visita a la discoteca del hotel, que en realidad era un puticlub camuflado, en el que ciertas profesionales engatusaban a los turistas que se dejaban. Con cervezas y jamón, ya en la habitación, se nos hicieron las seis de la madrugada, justo cuando un canto impactante llamaba desde la mezquita de al lado a la primera oración del día. Nunca olvidaré la estampa que vi al asomarme sorprendido a la ventana: La calle vacía, absolutamente blanca y con un barrendero que quitaba con una pala la nieve que al minuto volvía a poblar ese rincón. Todo ello envuelto con un sonido que ponía los pelos de punta.

Anécdotas hubo mil en una ciudad en la que podías acabar en cualquier garaje tomando té con unos hermanos Dalton provenientes de la frontera con Irán o en la que a los españoles nos regañaban por hablar a voces en la mitad del silencio del transporte público. Por ello, sólo citaré algunas que recuerdo a vuela pluma. De este modo, no puedo olvidar nuestro paso por los baños turcos. Era alucinante vernos a todos los chicos (las chicas, lamentablemente, estaban en otra instancia), con nuestras barrigas cerveceras, en pelota picada y con la única prenda de un pañito, sudando como cerdos y echándonos cazos de agua fría. El panorama se hizo devastador cuando un italiano le entró a uno de nuestros amigos y su orondo compañero, con la mirada perdida y sonrisa beatífica, dejaba a la vista sus testículos, que se evadían del pañito… ¡Jamás olvidaré esa imagen! Por desgracia.

Como tampoco podré dejar de recordar la pasión turca en forma de fiesta. Una compañera del grupo, Thaidi, tenía unos amigos turcos que nos llevaron de marcha un par de días. Sólo decir que una noche la cosa acabó en un desmadre tal que cierto personaje acabó orinando en el monumento de los Jóvenes Turcos con la policía delante. En otro artículo hablaré de lo que significan en Turquía Attaturk y esa revolución, pero baste decir que hablar mal de ello en público es delito. No diré que el autor de semejante barbaridad fui yo por si la policía turca, que ese día no me vio, acaba viniendo un día a visitarme a la puerta de mi casa...

Dentro de este espacio no quiero dejar pasar el panorama que había en mi habitación, que compartía con mis amigos Guillermo y Javi… Era deplorable. Latas de cerveza por todos los rincones, ropa por el suelo, gases lacrimógenos en estado puro y conversaciones dignas de análisis sociológico. Era una cuadra. Un instante especial fue aquel en el que estábamos los tres tirados en la cama, en gallumbos, bebiendo cerveza, comiendo lomo y viendo a través de TVE Internacional una película de Paco Martínez Soria. Cuando se acabó la última loncha de lomo que nos quedaba pronuncié una frase lapidaria: “España, volveremos”.

Estas sólo fueron algunas de nuestras aventuras. En otros artículos contaré alguna más, como aquella en la que, sin saberlo, me introducí en una manifestación contra EEUU e Israel y en otra contra la brutalidad policial… con ciento cincuenta policías en frente provistos de todo tipo de elementos de ataque. Estas fueron algunas de las cosas que me sucedieron en un país en el que al menos siete autóctonos diferentes, por mi aspecto, pensaron que yo parecía un turco más. En fin, como diría uno que yo me sé, malaviadas.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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