La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

De Platón a Hedón: Landete

Ya sé que la corriente filosófica a la que me refiero, el hedonismo, no fue fundada por ningún tal Hedón, sino por el llamado grupo de los cirenaicos y, después, continuada por Epicuro de Samos, hacia el siglo IV a. C. Pero no se me ocurre una forma más sencilla de resumir lo que implica pasar en unos días de Jerusalén a Landete. De la Ciudad Santa a mi pequeño pueblo conquense, la llamada Ciudad sin Ley. Del espacio de las ideas, de la búsqueda de la trascendencia, al sucumbir al simple goce de las pasiones terrenales, no ya bajas, sino subterráneas.

Ya el año pasado, por estas mismas fechas, el día antes de volver al trabajo (como hoy) y tras superar con vida un San Roque más, quise despedir mi verano con la loa al que siempre será mi pueblo. Pese a que cada vez sean menos los lazos que me unen a él. Ya no está mi abuelo Hilario. Ya no están mis abuelas Inés y Eloira. Ya no está mi tío Hilario. Ya no está mi bisabuela Elisa. Ya no están muchos. El corazón pesa más… pero también son más los que están. Así, éstas han sido las primeras fiestas para mis nuevos primitos: Unai y Laia. Y, como siempre, como desde hace unos trece años, ahí están mis amigos: Pablo, Ana y Sara. Y mi hermana María Jesús, Sancho Panza racional que secunda en la misión de cada noche a los quijotes alocados por la luz de la luna y la oscuridad del ron.

Hace doce meses me hice esta pregunta: ¿Qué es Landete? Entonces respondí con lo que fue, en mi niñez, y lo que es, cada año hoy. Pero, como cada vez es diferente, respondo a esta pregunta: ¿Qué ha sido esta semana Landete? Se puede resumir en un día. 15 de agosto. Día de la Virgen. Te levantas hecho mistos, tras haber dormido tres horas por haberte arropado el amanecer. Ducha y a Misa. Coges las andas de la talla de María en la procesión del sol. Suena el himno de España. Entonces, aún te ves cerca de Jerusalem. Haciendo como que comes paella, la siesta del sopor. El despertador te lleva al vagabundeo. Llega la noche: hoy no hay timba de poker. Es la noche de los cohetes. De tres a ocho y media de la madrugada las calles no tienen dueño. Decenas de hunos vestidos con mono albañil o militar danzan sobre los fogonazos del peligro. Barril de cerveza para todos. Aunque cada uno lleva su cubata. Carros de la compra son quemados, como los sofás, en medio del asfalto. La música bakalaera suena mientras se hace de día. Es la guerra. Es una gozada. Queda una hora para el encierro. El desayuno en el bar: huevos fritos, morcilla, butifarra, pimientos y migas. Ya no hay copas. La salida de los toros se hace bajo el calor sofocante. A la hora, uno se va a dormir y a sudar. Ronda el mediodía.

Y el despertar también es con toros. Novillada surrealista. Como todas aquí, en la Monumental de Landete. Dos chavales de la escuela ofrecen un recital de posturas, cogidas y estoconazos. No hay olés, sino chascarrillos y risas. ¿Calidad? Suprema. Al día siguiente serían los rejones y los forcados. De los de a caballo, una torero emula a Conchita Cintrón, la Diosa Rubia del Toreo. En el último de su lote, se niega a descabellar. Le da miedo. Se nota que no lo ha hecho nunca. Los pitos la obligan. Un, dos, tres… ¡al noveno espadazo culmina el ritual de la muerte! Del susto se cae y casi se desnuca. El pueblo se entusiasma y le entrega las dos orejas. Ella las pasea como en su día más feliz. Así es Landete. Y los forcados. Ante un novillo con una hernia que le multiplica los testículos por diez, hasta el punto de no poder moverse. Así es mucho más fácil la “gesta” de unos portugueses de Guadalajara que, cigarrillo en mano, rinden al animal con gesto apático.

Será la noche la que haga olvidar. Como todas, concluirá al alba. Poker, ron y puritos. La gloria es en la verbena: chonis, pijas, bakalutis, heavy-ronchos y landeteros de toda la vida. Abundan las musas. Diosas rubias y morenas. Cuentan que alguna extiende su maquillaje hasta empolvarse la nariz. Uno, despistado por naturaleza, cree que el combustible se ofrece únicamente en la barra regentada por una camarera neumática que afirma que le ha explotado un pecho.

Landete en fiestas. Explosión de los sentidos. Explosiones coheteras, fuego, timbas, copichuelas, puros, toros y raciones de bravas y oreja a cualquier hora. En los ratos perdidos, Sabina y Concha Buika en el sofá de la vieja casona de mis abuelos que aguanta las tempestades. En Landete sucede todo. Incluso allí, en la niebla de la verbena, conocí a alguien llamado Miguel Ángel y apellidado Malavia. Mientras que en todo Madrid sólo hay tres Malavias (mi padre, mi hermana y yo), en mi tierra tengo hasta con quien compartir el contenido exacto marcado por las tres primeras iniciales. Como en todos los pueblos, éramos primos lejanos.

Allí en Landete, mi raíz. Mi familia. Mis amigos. Mi pueblo. Orgullo de mi pueblo. Orgulloso de ser de Landete.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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