La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Un poco de autoflagelación: caminar… ¿para qué?

Para alguien que, como yo, pasa casi cuatro horas al día en distintos medios de transporte, la visión acelerada del paisaje es lo más normal. En el autobús, la fría primera hora de la mañana anhela el sabor a café, mientras la ventana, resguardada por las legañas y los bostezos, muestra un laberinto de fábricas, árboles y coches… y más coches. El metro y el tren son diferentes: la opacidad exterior es la que te hace clavar la vista en el libro o el diario gratuito, sin perder ripio de jugosas conversaciones ajenas y, quién puede evitarlo, de las hipotéticas protagonistas de la portada del próximo número de FHM. Aunque tal vez sea el sueño el que juega una mala pasada y nuble la vista para ocultar a quienes no habrían sino ser la primera plana de El Jueves… Me lo dice mucha gente: debería dormir más.

El caso es que uno, a pesar de que cuando hizo el Camino de Santiago –con eje de partida en Ponferrada–, volvió entusiasmado diciendo y creyendo que ya podía andar “lo que hiciera falta”, la aplastante realidad fue la que me increpó y me avergonzó, hasta el punto de reconocer que soy un vago redomado. Sé que es de lo más honorable hacer alarde de lo que disfrutas recorriendo verdosos y refrescantes caminos rupestres o ascendiendo las más increíbles cotas nevadas. Sí, está muy bien… pero uno, amodorrado a sus 26 años –en realidad siempre fui así–, es de los que optan por esconderse bajo el abrazo acogedor de un sofá.

La escoliosis, el peso de 23 esguinces de tobillo y una anunciada artrosis en pies y rodillas son motivos más que suficientes para aficionarme al oficio del andarín. Pero aún hay algo, también innato en mí, que es más fuerte en mi sino: la apatía por el esfuerzo físico. No bailo, pues soy un palo anclado que en las discoteques se ve obligado a amarrarse a una buena conversación y a una efímera copichuela. No corro, porque me canso. Y si corro, lo que sigue a la paliza es un buen chuletón… ¿así que pa’qué? Y de deportes, ni hablamos. Aunque me gustan casi todos, soy absolutamente pésimo en más que todos. Los toros… pues pese a mi afición, soy más de purito en la plaza que de correr delante de los astados en un encierro –y eso que vivo en Arganda, ‘tierra de recortadores’–. Sí, soy un cobardón…

Así pues, me quedo como estoy; sustituyendo los sanadores paseos a través de la bella naturaleza por las crueles horas sentado en una silla escribiendo surrealidades como ésta con un café como fiel compañero.

¿Y por qué escribo precisamente hoy este absurdo –el peor bodrio de los muchos que jalonan mi palmarés–? Pues porque mi abuelo acaba de contarme cómo esta mañana ha recorrido nuestra pequeña ciudad de cabo a rabo, de esquina en esquina, cuesta a cuesta. Y yo, al instante, tras un asombro indecente al tener 55 años menos que él, sólo he podido responder: ¡Quién pudiera!

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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