La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Malaviadas: ¿Cuántos dedos tengo? (bis)

Hace poco, mi gran amigo Ciriaco de Málaga me dedicó un artículo, ‘Malaviadas’, que le agradezco profundamente. En él, definía cachondamente las malaviadas como aquellos lances de mi vida impregnados de un particular toque surrealista, y que han sido ya unos cuantos. En su honor, cuento aquí la última malaviada, acaecida hace no muchas fechas:

Iba yo un día por la calle con otro de mis grandes amigos, Félix Moratilla. Como diría Don Alfonso Ussía, ya era anochecida. Estábamos tranquilamente hablando cuando de repente, doblando la esquina, se nos presentó, frente a frente. Era él. Ya no había marcha atrás. La escapatoria era imposible. Nada más vernos, se abalanzó hacia nosotros cual si fuéramos agua de mayo, su maná tanto tiempo buscado. A mí empezó a decirme que era “un pirata” y no paraba de hablarme de mi barba, recordándome cada minuto que la suya tenía canas. Estaba borracho, como siempre.

No paraba de hablar y de mezclar unos temas con otros. Comenzaba la frase diciendo que era entrenador de fútbol y la terminaba contando que le había esposado la guardia civil. Y lo peor es que pasaba de la más honda serenidad a ataques incontrolados de furia. Todo en un segundo. Félix y yo nos mirábamos atónitos, sin saber qué hacer, cómo huir. Así, hasta que mi amigo recibió la llamada al móvil de su novia. Sonriendo de oreja a oreja, con la coartada perfecta, el muy joputa no tardó ni un segundo en marcharse, dejando, cual correcaminos, un reguero de humo blanco en su lugar.

Era el fin. Estábamos él y yo solos. Eso no podía acabar de cualquier forma. Era tan posible que termináramos metiéndonos ambos a un bar a empinar el codo como que sacara un cuchillo jamonero y me abriera en canal allí mismo. Y encima, el tío no paraba de llamarme “pirata”…

De pronto, se calló. Se me quedó mirando fijamente. Es el fin, pensé horrorizado. Así, sin tiempo para la reflexión, en un movimiento instantáneo, me puso la mano frente a la cara y me gritó: “¡¿Cuántos dedos tengo?!”. La respuesta no era nada fácil, ya que sólo tenía tres dedos. Yo me quedé absolutamente blanco. ¿Qué le decía? Él, impaciente, demandaba una respuesta rápida. Estaba empezando a cabrearse de verdad. Así, sin apenas pensarlo, opté por la verdad: “Tres”. Su respuesta no se hizo esperar. “’¡¡Cómo que tres!! Yo no tengo tres, ¡¡¿¿Cuántos dedos tengo??!!”. Tras desear que me tragara la tierra, quise decirle que cinco, pero pensé que se lo podía tomar peor… y aquello podía ser la muerte. Observando fijamente, a pesar del sudor frío que recorría mi blanca frente, vi una pequeña membrana en su mano. Así que no lo pensé: “Tres y medio”. Sin duda, la peor respuesta posible. Y llegó la explosión: “¡¡¡Nooooo, yo tengo cinco, cinco!!!! ¡¡¡¿¿¿No lo ves???!!!”. “¡¡¡Sí, sí, cinco, cinco!!!”, me apresuré a decir, temblando.

Y sin tiempo para pensar, llegó lo peor. Me contó que se los había amputado cuando tenía 19 años (el personaje en cuestión ya supera de largo los 50) en una máquina. Y aún más, me dijo que guardaba uno de sus dedos “aquí”. Tocándose el pecho, y haciendo ademán de sacar algo que llevaba colgado bajo la camisa, pensé que se referiría a un crucifijo. Pero no, para mi sorpresa y espanto, llevaba a modo de colgante… ¡¡su dedo embalsamado!! Era negro, con su piel y su uña incluidas. Tenía su propio dedo a modo de colgante. Así, llegó el momento: “Cógelo”. “No, no, muchas gracias…”, apuré a decir torpemente. Pero no había escapatoria: “¡¡¡Que lo cojas!!!”. Lo vi claro, el dedo o la vida. Así fue como me vi acariciando el dedo amputado hace más de treinta años de un hombre en completo estado etílico, cada vez más furioso y en medio de una calle oscura.

Sudando, tiritando, tocando aquella piel muerta… me salvó otra llamada al móvil. Esta vez dirigida a él, de su mujer. Se marchó llamándome otra vez «pirata». Me fui a casa corriendo, a lavarme las manos sin parar. Surrealismo terrorífico, aunque hoy lo recuerde con una sonrisa. Otra malaviada.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

PD. Escrito el 15 de diciembre de 2007. Dedicado a mis amigos del inmortal Grupo 33. Amigos que, en noches como la de anoche, cuando uno está sumergido en el insomnio de una madrugada, de parón obligado, en la cama y escuchando a Iker Jiménez y sus diatribas mistéricas, te llaman alcoholizados para decirte que te echan de menos y que te quieren. Este malaviante, en estado de sobriedad absoluta, no puede menos que dejarse caer en la exaltación de la amistad y decirlo claro: ¡Yo también os quiero!

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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