La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

¡Despierta!

Sumergido en un profundo sueño acabo de ser secuestrado por el apabullante poder del genio malévolo. A base de bandazos, arrastrándome de un lado a otro, de un estado a otro, me hace revivir algunos de los pasajes que han conformado lo que es mi vida. Con una autoridad desconocida para un cantamañanas como yo, sus órdenes suenan así:

¡Despierta!

Avanzo con el balón en el patio del colegio. Como soy malísimo y nadie me pasa la pelota, tras llegar a mí por un rechace, me decido a no soltarla y llegar hasta la portería. Con una velocidad inusitada, sin encontrarme con ningún defensa, llego hasta el portero, que parece sorprendido. Tanto ha de estarlo que cuando mi chut se acerca a las redes no puede hacer nada por evitarlo. ¡Gol! Con una alegría infantil, me veo en otro mundo. En el paraíso. Pero todo se viene abajo cuando mis compañeros de equipo, en vez de felicitarme, vienen a cascarme. Huyendo como pocas veces, con cuatro o cinco chicos detrás de mí, es cuando caigo en la cuenta de que he metido el gol en mi propia portería…

¡Despierta!

Estoy en otro paraíso: Villa del Río, el pueblo cordobés de los artistas. En medio de la oscuridad y las luces de la discoteca, bailo con mi amada (¿Mari, por qué eres tan guapa?) bajo el son de las letras melancólicas de Sabina. Emocionado, miro a mi derecha y veo la mirada satisfecha de un genio que hace como que no lo es. ¡Pero qué grande es el Carlitos! ¡Y qué gigantes son las otras miradas que nos secundan! La limpia y bella de Paqui Valera (gracias por todo) y la inquisidora de Ciriaco de Málaga, derrumbado en una butaca, con un cubata en la mano. La boda del siglo fue en Villa del Río.

¡Despierta!

La playa de Arenys de Mar está preciosa. Pero yo siempre he dicho que para verla bien ha de ser a través de los ojos ampliados de unos prismáticos. Por eso, y aunque estamos (Juan Pablo, Félix, Juan Bautista, Sergio, Juan Gálvez… mis grandes amigos, vaya) a diez metros de una belleza que hace top-less, no dudo en deleitarme con una mirada al detalle. Sin embargo, cuando ese momento parece infinito, un intruso rompe el encanto. Es el novio, que con una mirada más que irritada, ampliada por la potencia de los prismáticos, parece indicarme que me va a partir la cara. Con un gesto rápido, giro los anteojos al lado contrario, como si todo hubiera sudo un accidente. Pero creo que no ha colado. Hay que huir. ¿Félix, nos vamos a la playa nudista?

¡Despierta!

Me veo en este preciso instante delante del ordenador, escribiendo alguna de mis tontadas. Tengo un aspecto horrible. En pijama, con ojeras, pesadez de estómago y barba descuidada, me recupero de mi visita de anoche a las fiestas de Alcalá. Me estoy quedando dormido. Anda, vete a pegar una ducha y tómate un café cargado. No me hago caso… si es que este chaval siempre ha sido un cantamañanas. Tranquilo, genio malévolo, por esta vez hago yo el trabajo por ti:

¡¡¡Despierta!!!

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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