Los veo comparecer en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros de cada viernes y alucino, vecino.
Cuando alborozados esperamos el anuncio de la buena nueva, qué sé yo, el fin de la crisis, trabajo para todos, bajada generalizada de impuestos para currantes y pensionistas que no llegan a fin de mes, la jubilación forzosa -sin pensión, ni indemnización posible-de 452.386 parásitos de la casta política que no han dado un palo al agua en su puñetera vida; el juicio a Zapatero por esquilmar España –11 emes aparte– o el procesamiento de Rubalcaba por lo del Faisán –entre otros aquelarres– la cadena perpetua para los asesinos de ETA –y para los de Sandra Palo, Mari Luz o Marta del Castillo, por ejemplo–, el entierro sumarísimo de las Autonomías…, cosas así, extraordinarias y magníficas en esta España de nuestros duelos y quebrantos, entonces vienen estos tres, toman la palabra y la cagan. Nos dejan atónitos. Estupefactos. Literalmente con la boca abierta.
Porque lo que nos cuentan como un acontecimiento histórico –sin dejar de sonreír–, es eso de los recortes indeseables pero ineludibles –salarios, sanidad, educación, servicios sociales–, y las subidas –imprescindibles e inaplazables, por supuesto–, de todo lo demás: impuestos, retenciones, tasas, agua, luz, transportes, comunicaciones, aparcamientos… Y lo del repago -aunque nos mientan con el eufemístico copago– farmacéutico, sanitario, educativo, etcétera.
La última hazaña de Rajoy y sus muchachos en esto del repago ha sido obligar a que los soldados españoles, a la voz de “Todo por la paz y por la prima de riesgo”, paguen la mitad del coste de la plaza de rancho: 2,80 euros por barbi o barba. O sea, un ahorro de 15 millones de eurazos, según el ministro de Defensa. Tela. Esta valiente decisión, de enorme trascendencia para la contención del déficit, ha gustado mucho en Europa; incluso la kaiser Ángela Merkel ha mostrado su satisfacción por la medida en la última cumbre europea. Y así vamos.
En el fondo nada nuevo. La misma canción, letra y música, que nos cantaban los de los cien años de honradez. Con la única diferencia de que los de antes ponían cara de pena, como si les importara algo, mientras los sindicatos, satisfechos, les daban palmaditas en la espalda. Y los de ahora se parten el pecho de risa –para trasmitir optimismo, credibilidad y confianza en los mercados, dicen los expertos– mientras los sindicatos fingen indignación y se montan un ERE.
O sea, que los unos y los otros nos siguen tratando como si fuéramos gilipollas, sector auténtico. Con pedigree y carnet de socio.
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