(“De momento, con un chiste / apáñense vuesarcedes, / que está muy caro el alpiste / y hay que escatimarlo adrede”. Ripioteca propia).
Para que esta segunda chirigota que leyendo están en aqueste lugar, en esta mi flamante tribuna, vaya teniendo algo de contenido, o sea, para que la vacuidad o futilidad no sea tanta como la de la primera, la de la primera chirigota, voy a atreverme u osar a traer a colación un chiste que a mi señoría le hizo mazo de gracia. No les digo a vuesarcedes cuánta, porque en los distintos sistemas de unidades que conozco no he encontrado ninguna -ninguna unidad, digo- para medir la gracia, el donaire, el garbo, el hechizo o salero en fin, de chistes, artículos, piropos u otros presuntos vehículos, presuntos portadores de humor, de buen humor que es de lo que aquí se trata. Bien es cierto que cuando uno es un sabio, como es el caso de mi señoría, si no se dispone de una unidad, módulo o baremo para medir una magnitud, él va y la inventa, que para eso estamos los sabios. (Hay que aclarar a quienes aún no tienen la suerte de conocer a este autor y, por ende, no han disfrutado de la fortuna de poder saborear su (mi) prosa, siendo uno, como es, tan versado en el saber como cualquiera de los Siete Sabios de Grecia, y aunque haya nacido en las inmediaciones de Puerto Hurraco, es decir, aunque sea oriundo de Extremadura en lugar de ser procedente de Atenas, nación contra la que este escribidor, dicho sea de paso, no tiene nada, pues vale. ¿Que la Providencia ha querido que, en lugar de Siete, seamos Ocho los omniscientes en el mundo mundial? Pues vale también, ¡qué coño! Mas advertir he de que mi menda, en ocasiones, se mostrará hasta como ignaro, según la materia o disciplina de que hablando se esté, para no caer de nuevo en la inanidad de mi opera prima en este nuevo escenario. Y si se ha de contar un chiste, como se ha dicho, va a hacerse en cuanto se concluya este paréntesis, que se cierra así). Ya está.
Y bueno, la broma, ocurrencia o chuscada, es decir, el chiste, en su versión original es gráfico y, ni que decir tiene, que pierde mucho sin sus monigotes; no obstante, a pesar de ello, a mi señoría le hizo gracia y por eso se lo hago llegar a vuesarcedes, a quienes tanto quiero y tanto me quieren, como decir suelen los artistas casposos. Estaba la gracia, el donaire y la picardía, o séase, el chiste, firmado por J. Morgan y sus personajes eran dos, como si de un binomio se tratara, metafóricamente hablando, pero que nada tiene que ver éste con el de Newton, pues ese es de matemáticas y no hay que mezclar churras con merinas,
En el caso en cuestión, los actores -galeno y paciente- dialogaban de esta guisa:
-Pues sí, venga usted mañana, que le vamos a meter un tubo por el recto y se lo sacaremos por las fosas nasales, para ver cómo está esa rodilla…
-¿Y hay que vení-en-ayunas?
-No, por Dios, que tampoco hay que hacerle sufrir sin necesidad..
-¡..chas grasias!, contestaba el paciente.
Del evento prequirúrgico consiguiente no se dio parte oficial, pero, según todos los indicios, el acto médico de diagnosis debió de transcurrir de forma feliz e incruenta. Sobre todo incruenta. ¿O no?
14-12-2006.
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