(2ª Parte)
A decir verdad, aparte del evento citado hubo (y hay, ¿por qué no?) otra causa que tampoco es baladí, y es que mi señoría, a la vuelta de vacaciones, enfrentado se ha con el espejo y ha advertido la presencia de ciertos (presuntos, mejor) indicios aunque no de senectud, sí, tal vez, de madurez. En este “statu quo” (no “quos” como ha dicho paladinamente una política de las que cobrará un suculento sueldo), ¿por qué ha de optar mi señoría? Ni que decir tiene que uno ve, en su especular imagen, como el comienzo de la formación de bolsas suboculares, ciertas anfractuosidades en la piel, ahora morena por el sol, de su rostro o faz…
Bueno, hay que confesar que, modestia aparte, uno tampoco es feo de nación, aunque no fuese lo bella que, sin duda, lo fue (y lo es, ¡qué coño! Y ahora, más, con la intervención quirúrgica que referido se ha) doña Leticia. Con ello se trata de precisar que como “qui natura non dat, Salmantica non prestat”, y que, con uno, o sea, con mi señoría “natura” tampoco se portó tan mal, es decir, que la materia prima no es de tan mala calidad que no permita la realización, con cierto éxito, de una “blefaroplastia” y de un vulgar “lifting”.
Es indudable que hay una cierta diferencia de edad entre los dos pacientes sobre los que se está reflexionando (¿50 años?), pero ¿a estas alturas de nuestra civilización y desarrollo se puede considerar que apenas medio siglo de diferencia de edad sea algo significativo para decidir operarse o no de cirugía estética un mero (no confundir con el pescado) desfase de medio siglo? Esto, tanto a juicio de mi señoría y de vuesarcedes es… “pecata minuta”. ¿O no?
29-08-2008.
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