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Así ayuda la enseñanza privada a la pública.

Rufino Soriano Tena 16 Sep 2008 - 21:16 CET
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El día 9 de los corrientes mes y año, mi señoría concluía su rollo diciéndole a vuesarcedes que ya tenía preparado el siguiente artículo sobre la enseñanza para que el primer día en que me den tregua los pintorescos sucesos de actualidad que se inventa el Gobierno, colgarlo aquí, pero es que el tal Gobierno es más prolífico en inventarse pintorescos sucesos de actualidad que mi señoría en escribir chirigotas o cuchufletas de éstas…¡Qué tíos, superarme a mí…! Lo último, lo de Turquía, la Alianza de Civilizaciones y lo del Ramadán…En fin, a lo nuestro:

La enseñanza que precede a la universitaria en este país en que viven o moran vuesarcedes -no, mi señoría está de paso– puede ser estatal, «concertada» y privada.
La primera es, teóricamente al menos, totalmente gratuita y la imparten Profesores funcionarios del Estado, en Centros asimismo del Estado; la “concertada” es también teóricamente gratuita y la imparten Profesores debidamente titulados, pero que no han hecho la oposición correspondiente, y ocupan Centros de propiedad privada; y por fin, la privada, en la que asimismo el profesorado – aunque con la titulación exigida legalmente, como en el caso anterior -, tampoco han tenido que superar unas pruebas complementarias u oposición, y los inmuebles e instalaciones en que se imparte la enseñanza son de propiedad privada. En este tercer caso, el coste de los servicios que reciben los alumnos son íntegramente a costa de sus padres. Es decir, y siempre en el plano teórico, los alumnos de los Centros estatales y “concertados”, tienen enseñanza gratuita, y los de los Centros privados, no. Éstos han de rascarse el bolsillo.

Y la tesis de cualquier persona sensata, como mi señoría (no, no se rían vuesarcedes, coño) es que si la distribución del alumnado, en el nivel de referencia es que, por ejemplo, el 75 % pertenecen a la pública, el 18 a la “concertada” y el 7 restante a la privada, los chavales de este 7% no le están costando nada al Fisco, de tal forma que la parte del presupuesto que le correspondiera, en un reparto igualitario, a estos alumnos, incrementa, en la cuantía que sea, lo que se le asignaría a ellos, si la tarta se distribuyera, a partes iguales, entre la totalidad de los escolares. Ergo…

Ah, y un razonamiento paralelo al que ha hecho mi señoría para la enseñanza se podría hacer para la sanidad. Lo que se ahorran las arcas del Estado no teniendo que atender a los enfermos que acuden a la sanidad privada, debería redundar en beneficio de los pacientes que acuden a la pública, con lo que ésta podría mejorar, acortar plazos para tratamientos o intervenciones quirúrgicas, etc. Por eso es tan sensata y plausible la promesa electoral que dizque llevará a los próximos comicios autonómicos la nunca suficientemente bien ponderada señora Aguirre, de que desgravará, en la declaración del IRPF, los gastos de enseñanza que hayan afrontado las familias. Nos parecería un primer paso de lo más justo, al que podría seguir, en la siguiente legislatura, la desgravación de lo que se gaste en la sanidad privada, siempre dentro de un orden. ¿O no?

16-09-2008.

Rufino Soriano Tena

Licenciado en Ciencias Químicas por la Universidad de Granada y Licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Comillas (ICADE) de Madrid

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