“El calibre de los insultos es directamente proporcional a la falta de formación e inversamente, a la elegancia del insultante”, mi señoría dixit.
Vean si no, vuesarcedes, cómo se puede insultar con tanta finura que hasta se llegue a aplaudir a quien se cisque en nuestros más empingorotados ascendientes.
La anécdota, que mi señoría ya la ha relatado en alguna otra ocasión, es la mar de sencilla. Ocurrió “in illo tempore”, en una clase de la Facultad de Derecho, de Sevilla, en la que, mientras el Catedrático, paciente él de una hipoacusia profunda, “uséase” sordo como una tapia, estando un día explicando la lección correspondiente, mientras el Profe escribía en la pizarra, llamó el bedel a la puerta lateral, que daba acceso al estrado de la cátedra y, al no obtener respuesta, entró, sin más, cruzando la tarima hasta llegar a la mesa, y dejó sobre ésta el enorme montón de libros que llevaba, y se fue por donde había venido sin que el Cátedro advirtiera lo acontecido. Pero claro, al volverse éste de la pizarra y ver aquel montón de libros sobre la mesa, preguntó:
-¿Y estos libros?
Los alumnos, al comprobar el despiste del Profesor y conocedores de «lo teniente» que era prorrumpieron en un estrepitoso y dilatado aplauso. Y el maestro, dudando si aquello era premio por lo que acababa de explicar o castigo o burla por su despiste, engolando la voz, les dijo:
-«Si vuestras palmas son premio merecido a mis palabras, yo os lo agradezco. Pero si son de bufa, mofa, befa o más vulgarmente cachondeo, yo relaciono la más alta rama de vuestro árbol genealógico con la más ínfima de mis funciones digestivas«.
Y entonces los alumnos no tuvieron más remedio que redoblar su aplauso.
¿Ven vuesarcedes cómo hasta para insultar hay que tener categoría y elegancia? ¡Qué diferencia entre “El Alcalde de Zalamea”, aquél que “tenía por política discreta jurar con aquél que jura y rezar con aquél que reza” y otros ediles de la periferia de Madrid que insultan a lo bestia, aunque luego “casi” se disculpen…! ¿O no?
5-12-2008.
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