Nunca saben los autores, por listos y famosos que sean, como es este caso, si las “paridas” que escriben satisfácenle o no a los leedores, salvo en casos como el que a narrarles va mi señoría, y eso que procuraré no refocilarme en la jugada, porque a uno le da una especie de repelús de modestia ya que, aunque vuesarcedes no lo crean, sólo los genios somos modestos.
El hecho en cuestión es que, apenas compuse los exquisitos e inmejorables “ripios” integrantes de la parte final de la chirigota, cuchufleta o “engendro” literario de ayer y lo “colgué” en la Red, emprincipiaron a sonar los teléfonos, tanto alámbricos como inalámbricos e incluso móviles (como “la donna” de la canción, que también era “móvile” y “¡oblayá, qué confusao!” que dice en estos casos un lusitano que uno ha como amigo, en Lisboa, no en la “antigua y señorial” sino la hodierna. Y aquí me han vuesarcedes, ajo y agua, pese a que mi sistema auditivo o audicional no goza ya de la excelente calidad (“high cuality”) de que hiciera gala otrora, pues que víctima es mi señoría de una hipoacusia o sordera, de mediana intensidad, que me impide captar toda la inmensa gravedad de los sonidos graves y toda la penetrante agudeza de los agudos, hasta el punto (“point”, que dicen los gabachos, y ellos son muy dueños de hacerlo) que hace cinco años ya, que hube de tomar la triste decisón de dejar de ir a la Ópera, pues que me daba igual acudir a aquellas melomaníacas salas que al mismísimo mercado de la Cebada, dicho sea con todo respeto hacia tan noble cereal, al que hay que otorgarle la presunción de inocencia a la que todos tenemos derecho, si se trata de algo viviente y humano. Y ¿seralo la cebada? Ah, qui lo sá…? Para saberlo, habría que conocer si tiene fundamento científico o no. ¿Ha la cebada fundamento científico? ¿Sí? ¿Porque con ella se elabora, hace o fabrica la cerveza? Pero la cerveza, quiérase o no, salvo que sea la sin alcohol, tiene grados. Menos que el vino, claro, pero no por eso deja de tenerlos. Es más: si la policía o los agentes de movilidad urbana –antes guardias de la porra-, bien con fines recaudatorios o de mera seguridad vial de los animales racionales que deambulen por las calzadas; si los susodichos te hacen insuflar aire procedente de tus pulmones, en esos aparatos que transportar suelen a tal efecto, el caminante no ha de alarmarse si de esta guisa positivatízase el utensilio en cuestión en una magnitud superior a la permitida por la ley (“lex, dura lex, sed lex”, ¡qué coño!), sancionáranle sin duda, aunque disculpándose por tener que “lo” hacer.
Dicho lo cual, con lo que mi conspicua señoría ya ha mareado la perdiz, vayamos al forúnculo o meollo de la cuestón. Lo que de verdad menda quería endilgarle o decirle a vuesarcedes era simplemente que he recibido millones de felicitaciones por la enorme calidad de mi “parida” de ayer. Nada más. Lo que ocurre es que uno sabe tanto de todo que se enzarza en circunloquios, rodeos, perífrasis, sutilezas, ambigüedades y demás, y lo corto se alarga “ad infinitum”. ¿O no?
18-08-2009.
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