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Mi señoría se pide ahora un Ministerio.

Rufino Soriano Tena 13 Nov 2011 - 14:21 CET
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(o “A ver si suena la flauta”).

Mi señoría ya tiene escrito mucho y muy bien, por qué no decirlo, acerca de lo proclive que es uno a ocupar altos cargos, donde sea. Que recuerde, así, de momento, en el verano de 2010 este autor dio a luz (sin forces, ni cesareas, o sea, naturalmente, como debió hacerlo anoche la señora de Rosa, doña Soraya Sáenz de Santamaría, con su primer heredero) cuatro chirigotas o cuchufletas, excelentes todas ellas, a propósito de mis anhelos de que se me otorgara u otorgase alguna cartera ministerial, porque es que en aquel tiempo hubo una especie de terremoto o, por mejor decir, temblor de tierra en el Consejo de Ministras y Ministros del Gobierno de España, por mor del cual (del temblor, que no del Consejo, ni del Gobierno, ambos inclusive), se debió quedar en la cuneta alguno de ellos, de los ministros, produciéndose por ende una vacante, con lo que mi señoría vio el cielo abierto. «Ahora es la mía», me dije pletórico. Pero Como dice mi señoría siempre en estos casos, “that if you want rice, Catherine!”, o sea, “¡que si quieres arroz, Catalina!”.

De todas forma, les doy la referencia o link de las citadas cuatro perlas literarias y, en buena parte, autobiográficas para que, si gustan, puedan enterarse vuesarcedes de quién está detrás de este magnífico estilo literario con que uno les obsequia de buen grado y, por supuesto, gratuitamente. (¡De nada! Aunque “sí las merece, ¡qué coño!”).

Si los leedores de hoy van donde mi señoría les manda, leen con atención lo que les señala, ´contemporalizan´ (en el sentido de que se sitúan en los tiempos que allí se dice) o “desagiornan” -perdonen la utilización poliglótica que hace uno del lenguaje, pero es que al dominarlos todos, pasa lo que pasa- sucesos y ´acaeceres´, se van a empapar de cuán fuertes son, de siempre, los anhelos de pillar una canonjía que me enaltezca de una puñetera vez . Quizá lo único que les quede por saber de mi ilustre persona, cumplida la tarea lectora a que les induzco a renglón seguido, sea algo que nunca le conté a nadie y que les ofreceré a vuesarcedes, al final, como valiosa exclusiva.

Las referencias o localizadores internéticos útiles para la imprescindible documentación del “statu quo” que me ha embargado de siempre con respecto a mis anhelos o ansias de grandeza política son -y no los cito todos- estos:
“Siempre quise ser ministro”: «Mi´ministrabilidad´ también se ofrece a la oposición”; “¿A que tampoco ahora me hacen ministro?; y “¡Albricias! Tira la toalla otra ministra”.

Si, tras la lectura de esas cuatro chirigotas, han podido reprimir su sonrisa, mal vamos. Vuesarcedes deben hacerse ver por un ´risioterapeuta´, pero los indicios son alarmantes. Sin embargo, si lloraran o llorasen al oír ese secreto que he prometido desvelarles y que hasta ahora nadie conoce, el diagnóstico no sería tan grave. Observen, pues, a partir de este momento, cuál es la reacción de sus órganos lacrimógenos.

¿Que por qué esa proclividad de mi señoría a ocupar altos cargos en política o en la Administración pública, sin ánimo de lucro? Pues aunque nunca ha querido mi señoría darle un cuarto al pregonero a este respecto, sepan vuesarcedes que alguien que me conoce desde que vine al mundo, me ha contado cómo mi primera conversación, cuando aprendí a hablar, antes incluso de haberme acristianado -antes el Estado no era aconfesional, como ahora, sino católico, apostólico y romano, con perdón- : cómo mi primera conversación la mantuve con él precisamente y dizque transcurrió en estos términos:

-Y tú, ricura, ¿qué quieres ser de mayor’ –me dijo el buen hombre.

Y mi señoría, que entonces no levantaba un palmo del suelo, al parecer contestó:

-Yo, ministro. Pero no un ministro a la usanza de los que pueda haber en el futuro, cuando yo tenga edad de asumir el cargo, no. Porque aunque entonces estuviera o estuviese de moda el trinque y hubiera o hubiese algunos ministros que, al socaire de llenar el depósito de su vehículo oficial de combustible, citaran o citasen a “ricos homes”, en gasolineras, para que les llenaran o llenasen su marsupio de maravedís; aunque existiese algún ejemplar de esa especie, que no lo creo, mi señoría, como me llamarán en el futuro, será un ministro sin ánimo de lucro, honrado y honesto si Dios tiene qué, nada proclive al tráfico de influencias, ni a la malversación de fondos, ni a cohechos activos, ni pasivos, ni a blanqueo de capitales, ni a etc,, etc., hasta el extremo de que habrá muchos prohombres dispuestos a poner por mi las manos en el fuego, porque no habrá peligro de que se quemen. ¿O no?

13-11-2011.

Rufino Soriano Tena

Licenciado en Ciencias Químicas por la Universidad de Granada y Licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Comillas (ICADE) de Madrid

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