(o “¡Qué atrevida es la ignorancia!”).
En estos días se habla mucho y se escribe bastante a propósito de las becas. Y casi todos los que se manifiestan al respecto lo suelen hacer con bastante desconocimiento del tema. ¡Qué atrevida es la ignorancia! Bla, bla, bla… . Los escolásticos, recordémoslo, decían: «Definid y no discutiréis». Y es que las becas son muy diferentes unas de otras. Para mi señoría, de las que más se habla en este momento es de las de acceso a la Universidad, por obra y gracia de las normas que se vayan a establecer en la futura Ley Wert, de educación, que se está ´cociendo´ ahora en el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Dicha Ley, “non nata” pero previsiblemente “nascitura” –las mayorías absolutas permiten ciertas afirmaciones a priori– , antes de ver la luz ya está siendo fuertemente criticada, es decir, se trata de una criatura enferma ya en el vientre de la madre. Afortunadamente, hoy día los cirujanos tienen medios hasta para realizar algunas intervenciones quirúrgicas a los nonatos. Se trata, pues, de que los expertos, al advertir presuntos fallos en esa criatura legal que está aún en el útero materno, procedan a aplicar las terapias necesarias para corregir los defectos que sean.
Bueno, prescindiendo de otras carencias o torpezas del proyecto de Ley de referencia -que las tendrá y convendrá corregirlas también-, vamos a focalizar nuestra atención en eso que hemos dicho ´ut supra´: en la cuestión de las becas. Y, en concreto, de las que se hayan de conceder a los alumnos que finalicen los estudios de bachillerato y accedan a los universitarios. ¿Qué requisitos, tanto económicos como académicos, han de reunir los aspirantes a estas ayudas? Y para cubrir, ¿qué necesidades? Porque habrá alumnos que pretendan o aspiren simplemente la exención del pago de las matrículas; otros podrán aspirar a obtener los recursos necesarios para vivir en la ciudad donde esté ubicada la Universidad en que hayan de realizar sus estudios, etc. Y, por otra parte, habrá quienes vayan a estudiar un tipo de carrera, y otros, otro, porque sabido es que tanto el coste como el precio político de las enseñanzas técnicas suele ser más elevado que el de las enseñanzas humanísticas.
Antes de seguir adelante con estas reflexiones, conviene aclarar esa observación que acabo de hacer en el sentido de que al hablar del coste de las enseñanzas, inmediatamente he corregido sustituyendo la palabra “coste” por la expresión “precio político”. Con ello he querido poner de manifiesto que el hecho de que al alumno se le cobren 100.000 euros por la matrícula de un curso determinado de una carrera concreta, no quiere decir que lo que le esté costando al Estado producir el servicio de enseñanza que le va a proporcionar a ese universitario en ese curso sea de esos 100.000 euros, no. Lo más frecuente es que el coste real de ese servicio sea de, por ejemplo, 508.324 ó 854.257 euros. ¿Qué ocurre? Pues sencilla y llanamente que nadie sabe lo que realmente cuesta, le cuesta al Estado, o sea, a nosotros, los contribuyentes, proporcionarle a ese alumno esa enseñanza concreta que se le va a dar. Y le cobra un precio político de 100.000. En efecto, porque si el incalculable (y subrayo el adjetivo éste de incalculable) coste es de 508.324 euros, y el alumno paga sólo 100.000, el Estado está pagando 508.324 – 100.000 = 408.324 euros de su bolsillo, o sea, del nuestro.
Aunque mi señoría cree que la idea de la ayuda generalizada a la enseñanza universitaria habrá quedado clara, para los infradotados de vuesarcedes, que alguno habrá, recuerden el planteamiento de mi penúltimo post “A vueltas con el precio de los ´gin-tonics´”. Como habrán releído, o leído, según los casos, al tratar de los precios que se cobran en el Bar del Congreso de los Diputados por un gin-tonic, se habla de 3,5 €, cuando en un Bar o Cafetería corriente, de la calle, se suele cobrar, por ejemplo, 6 euros. Eso significa que 6 – 3,50 = 2,50 € los paga el Gobierno, con recursos que provienen de los contribuyentes. En otras palabras, que lo de 3,50 € es un precio político mientras que el coste real es 6 €. Y que lo que ocurre con el servicio de la enseñanza es la misma cosa. En el caso citado, el coste es de 508.624; el precio político para el alumno es de 100.000; y el Estado pone de su bolsillo, es decir, de nuestros bolsillos, de los bolsillos de los honrados contribuyentes, los 408.324 € que cuelgan.
Y hoy, para concluir esta parleta, mi señoría les quiere aclarar también a vuesarcedes por qué ha dicho, unas cuantas líneas arriba, que el coste real del curso de la enseñanza del alumno considerado como ejemplo es incalculable. Ahora quiero añadirles que por consiguiente, o consiguientemente que diría un ex Presidente del Gobierno del siglo pasado, el coste real es desconocido. Podrían ser calculables los costes medios de cada curso de la carrera considerada, en cada Universidad concreta, pero mi señoría se atreve a afirmar que ni aun esos costes medios se conocen. A juicio de mi señoría, podríamos darnos con un canto en los dientes, podrían darse con un eso en los esos hasta en el propio ministerio de Educación, Cultura y Deporte, porque tampoco lo saben. ¿Lo sabrán algún día el actual o futuros ministerios del ramo? Tengo razones fundadas para decir que no. Porque además, no querrán saberlo, porque su conocimiento podría llegar a ser políticamente incorrecto. Y no digo más, porque si apunto que en España la enseñanza en general es la más cara de los países de la OCDE… Mi señoría no dice ni que sí, ni que no, pero…
En otro u otros posts futuros uno quizá trate de contarles a vuesarcedes lo poco que él (o sea, yo) sabe acerca de cómo funciona la política de becas en tres o cuatro países de nuestro entorno, como gustan decir los políticos actuales. A ver si así advierten vuesarcedes la cantidad de disparates y sandeces que se dicen al respecto. Y ello conociendo muy poquito del tema, que es lo que sabe mi señoría pese a que con tanta frecuencia presume de omniscio u omnisciente, que es lo mismo. ¿O no?
25-06-2013.
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