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Nuestro III Reich

Manuel Molares do Val 10 Sep 2009 - 20:46 CET
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Tanto el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, como el de Justicia, Francisco Caamaño, temerosos de que el Tribunal Constitucional (TC) anule algunos artículos del Estatuto catalán, han advertido que esa ley, “aprobada por los representantes legítimos de los ciudadanos de España, debe entenderse como constitucional”.

El inolvidable Adolf Hitler dijo exactamente lo mismo en 1933, dotado de una autoridad tan legitimada por las urnas como la de estos ministros y la de los políticos socialistas, nacionalistas o populares que rigen distintos poderes.

Rubalcaba y Caamaño creen que unas mayorías, aunque sean precarias, tanto en el parlamento español como el catalán, son soberanas y superiores al TC, cuya misión es interpretar la Constitución.

No se trata de que el TC sea un órgano cuyos doce miembros, con excepción de dos, están nombrados por los partidos políticos, en este momento con mayor peso de la izquierda y nacionalistas, y que quizás por eso apoye las tesis soberanistas catalanas.

Es que, “por si acaso”, lo presionan, como los ministros y o lo amenazan con motines populares o de referendos independentistas, como hacen tantos políticos catalanes, anteponiendo sus leyes inferiores a la superior que es la Constitución.

El Consejo de Estado, ya advirtió que ese Estatuto tenía claros síntomas de inconstitucionalidad. Pero que aprueben esa ley, nacida de una orgía de ocurrencias soberanistas, es un empeño de José Luís Rodríguez Z. que por una sola vez quiere cumplir su palabra: “Lo que me pidas”, le dijo, cesarista, a un napoleónico Maragall.

Hitler creó el III Reich legítimamente, aliado a varios partidos minoritarios. Logró una mayoría precaria y cambió legalmente todo lo necesario para llegar a ser quien fue.

Con ideas como las de los dos ministros españoles, cualquiera puede hacer lo mismo.

Manuel Molares do Val

Natural de Vigo/Pontedeume, Galicia, trabajó para la Agencia EFE como corresponsal permanente en México, Bélgica, la República Popular China –el primer peridista español destinado allí–, y EE.UU. Fue enviado especial en todo tipo de acontecimientos en los cinco continentes.

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