Cuando a finales de julio Zapatero adelantó las elecciones de marzo de 2012 al 20 de noviembre muchos observadores juzgaron que elegía el 36 aniversario de la muerte de Franco para que el PSOE denunciara al PP como el dictador resucitado.
Pero Zapatero, amante de simbolismos y de señales ocultas, ignoraba que su fullería, quizás válida con Aznar, era inútil con Mariano Rajoy, un señor tranquilo, moderado, en los antípodas del general suicida del Rif y líder guerracivilista.
Y este Rajoy gris, cuyo único acto imprevisible fue teñirse la cabellera para rejuvenecer, ha roto la imagen de Franco que buscaba Zapatero en el PP.
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