Occidente, entusiasmado con la Primavera Árabe, está ahora desconcertado tras el triunfo de los Hermanos Musulmanes y los salafistas más radicales en Egipto.
Occidente debería reflexionar: al grito de ¡Muerte a Israel! llegan al poder los mismos fanáticos que asesinaron en atentado hace treinta años y un mes al presidente Anwar el-Sadat, precisamente por firmar la paz con ese país.
Los políticos y los medios informativos israelíes están alarmándose ante esa explosión de libertad islamista y antijudaísmo que empezó en Túnez y fue extendiéndose, con la simpatía europea y estadounidense, por el norte de África, por Libia –con ayuda militar occidental–, Egipto, incluso Siria.
Y, muy alarmante para España, por Marruecos con el triunfo electoral del fundamentalismo mezclado con nacionalismo.
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