Quien no va a los Sanfermines en Pamplona pero los sigue por televisión o, sobre todo, ha leído “Fiesta” de Hemingway, puede imaginar la emoción de los corredores delante de los toros, sentir el empuje animal en la calle Estafeta, y ver una masa de blanco y rojo correr asustada 846,6 metros hasta gritar su triunfo en la Plaza Monumental.
Suele quedar algún muerto, empitonado por el camino. Conmoción. Pero, tras toda reacción emotiva sigue la fiesta sin una sensibilidad de la que nadie habla, la fisiológica: los espiritosos perfúmenes de un millón de personas en una ciudad de diez veces menos población, que durante una semana no deja un metro cuadrado sin heces, orines y vómitos.
Uno de los sentidos más importantes del ser humano es el del olfato. Hay muy pocos anósmicos, menos que ciegos o sordos, pero durante siete días un millón de humanos de todo color, rasgos y nacionalidad son incapaces de olerse.
Los pamploneses con medios económicos huyen…
Siga leyendo aquí y vea a Salas
…
Home