Sólo el desprecio español a sus grandes hombres permite entender la displicencia con la que se acogió el reciente hallazgo de los restos de Miguel de Cervantes en el convento de las Trinitarias de Madrid.
Son pocos, inidentificables entre los de una quincena de personas más, pero ahí están.
Instalados todos en un mausoleo adobado de mercadotecnia convertirán el viejo convento en un lugar de peregrinación cultural quijotesca, como lo es la tumba de Shakespeare en Inglaterra, en Verona su “invento” de Romeo y Julieta, y en Compostela el de Santiago.
Nada más anunciarse el hallazgo cervantino, y en parte por deberse a una búsqueda patrocinada por Ana Botella, la alcaldesa mujer del antipático José María,,,
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