Artur Mas entra con su mejor sonrisa en el Palacio de la Zarzuela, un pabellón de caza construido por Felipe IV hace casi cuatro siglos, y se dice a sí mismo con sentido de superioridad que ese chalé carece de la majestuosidad del Palacio de la Generalidad barcelonés, donde él también recibe.
Podemos imaginarlo. Trae los documentos con sus planes para independizar su región y se dirige amablemente al Rey:
“Espero, Don Felipe, que apoye este proyecto que expresa la voluntad de las fuerzas políticas catalanistas. Usted es un demócrata y debe apoyarlas”.
“Sabe, señor Mas, que como monarca y como demócrata debo atenerme a las leyes, la primera de ellas a la Constitución. Si sus propuestas están basadas en ella, las apoyo incondicionalmente”, responde el Rey.
“Nos salimos un poquitín del texto –dice Artur tratando de conseguir complicidad–, porque queremos fundar la República Catalana. Pero, muy importante, muy importante, importantíiiisimo, fundamentaaaal, manteniendo nuestra amistad con los españoles”…
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