En algunos escaños del Parlamento podría ponerse un anuncio junto a una calavera como en las torres de alta tensión, “¡No tocar, peligro de muerte!”
En su sesión de investidura Pedro Sánchez habló como un derrotado, pesaroso quizás por sus insultos anteriores a Mariano Rajoy, quien se los cobró humillándolo con citas quijotescas e ironías, mientras Albert Rivera trataba de poner paz entre ambos.
Pero inopinadamente llegaba como un espectro de la guerra civil Pablo Manuel Iglesias con mochilas de odio y rabia, llamándole a los demás Millán Astray mientras evocaba la cal viva en la que enterraron unos policías a dos sospechosos de terrorismo en 1983, para acusar del crimen a Felipe González, el primer ministro socialista de entonces.
Atentos, porque el líder de Podemos viene al Parlamento con ideas y palabras cargadas de gas venenoso para provocar su guerracivilismo.
Ya comenzó su primer discurso evocando esa guerra. Anunciaba que su norte es el revanchismo. El que resucitó Zapatero con su abuelo fusilado por Franco, pero callando todo sobre su otro abuelo, el franquista…
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