Xosé Manuel Carballo

Cincuenta años de un cura

"En el fondo creo que creo en un Dios de inmenso sentido del bueno humor"

Cincuenta años de un cura
Carballo

Graciñas, compañeros de camino que empezasteis antes, después o al mismo tiempo que yo la caminata

(Xosé Manuel Carballo).- El día diez de mayo celebramos los católicos la festividade de San Juan de Ávila, patrón del clero diocesano, y en muchas diócesis se hace coincidir con ese día la celebración de las bodas de diamante, oro y plata de los sacerdotes a los que les corresponda cada año. Este año en Mondoñedo-Ferrol me tocó celebrar a mí, entre otros, las de oro. Ese día acostumbramos a juntarnos los sacerdotes que podemos y queremos con el obispo y hay algunos actos por la mañana, entre ellos un espacio dedicado a los homenajeados. No falta la misa ni la comida juntos para los que pueden quedarse la ella.

A los que cumplen 60, 50 o 25 años de ordenados se les da oportunidad de decir unas palabras y así se hizo también este año en el Seminario de Mondoñedo. Otros hablaron más y mejor que yo, pero no tengo sus discursos, lo que me sirve de disculpa para meter el mío, o el nuestro, porque fue dicho por dos, por si a alguien le interesa que pode decir un cura después de cincuenta años. Aclaro al lector o lectora que no lo sepa que lo de entre dos responde a que estoy operado de un cáncer de laringe y no puedo cantar ópera precisamente. Transcribo, pues:

(Empiezo yo)

Compañeros y amigos, un año más nos llegaron a varios, entre ellos yo, las bodas de oro sacerdotales. ¡Cincuenta años ya! ¿Quien lo diría? ¡Parece que aún fue ayer! ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Vamos viejos! En mi caso se cumplen 51 del final de la carrera por tener que estar aparcado uno antes de ser ordenado sacerdote, debido a que no habían informado bien a la familia sobre la edad reglamentaria para recibir la ordenación de presbítero, o porque contaban con que repitiera algún curso, porque el niño, modosito, sí que era; pero luces no le sobraban al pobre.

Si no habláramos de vocaciones, sino sólo de profesiones, también se diría: ¡Que barbaridad! Cincuenta años trabajando en lo mismo. ¡Que aburrimento! Ya era hora

No se me oculta que hay muchos que dicen que lo de los curas no es trabajo, y en parte tienen razón; pero, también hay quien entiende que sólo es trabajo aquella actividad por la que se cobra, y si es directa e inmediatamente, mejor. Así: es trabajo para algún médico en su consultorio particular en horas compatibles con su actividad en la sanidad pública, lograr tranquilizar a un enfermo con un antidepresivo o con el efecto placebo, mediante pago de 150 euros y la voluntad, si se piensa volver y no guardar turno de larga espera; pero en cambio, no lo es pra un cura que después de una conversación sosegada y calmosa y de una posible absolución que, bien administrada y bien recibida desculpabiliza, deja en paz consigo mismo y con el entorno a ese mismo enfermo o enferma en su casiña, sin gastos de desplazamientos ni tasa de kuilometraje. Claro que probablemente ese cura ya jubilado, esté de guardia las 24 horas de cada día y 25 los domingos, disfrute de privilegios como toda la Iglesia Católica en España, haga intrusismo en lo que es competencia de los psicólogos, desvíe la atención del personal y hasta defraude a hacienda por no hacer constar en la declaración del IRPF que lleva muchos años viviendo como un cura.

Y todo este embrollo para acabar diciendo que no sirve la misma medida para los tiempos de las profesiones que para los de las vocaciones y para aclarar que también hay médicos vocacionados en la pública, en la privada y entre las dos. A estos, y sólo a estos, pido disculpas, porque, como entre los curas, también entre los médicos los hay que cobran por serlo, pero no el son. Ya me parece que me pasé y hablé demás, debido a que, como bien sabéis y no puedo disimular, me expropiaron la voz, va para cuatro años. Menos mal que según me hizo ver ya antes de operarme el compañero Antón Miguélez, no es lo mismo quedar sin voz que quedar sin palabra. Es cierto, porque ahora me fijo más y observo que hay mucho parlamentario de profesión que no tiene palabra.

Al conservar la palabra y no responderme la voz, casi salí ganando, porque la voz me la presta cualquiera, que no falta generosidad pra estas cosas, y así puedo escoger y mirado desde mi punto de vista, hasta estrenar, voz de tenor, bajo o barítono e incluso de tiple. Y también salís ganando los que nos escucháis, porque tenéis menos peligro de aburriros aletargados por la monotonía monocorde. Agradezco todas las voces prestadas, pero con quien mejor me entiendo ultimamente es con Javier, mi compañero, mi substituto y mi cura. Mejor dicho: nuestro cura, ya que ante todo lo es de las parroquias y no fue nombrado pra servirme a mí, sino al pueblo, aunque es muy capaz de compatibilizar en armonía ambas cosas. Así, pues. con su voz seguimos, hablando otro ratito.

(Sigue leyendo Javier)

Creo que todos, tanto los cuatro compañeros que celebran las bodas de diamante, como los otros cuatro que celebráis de oro, cinco conmigo, y, por supuesto, los tres de las de plata, aún tenemos, o tenéis, cuerda para rato, y no por imperativo legal, sino porque nos reina, porque nos sentimos llamados y no se nos comunicó que la llamada fuera rebocada. Y también creo que no estamos retirados, ni frustrados, ni desencantados, ni de vuelta de todo, porque aún estamos en el camino de ida, aprendiendo cada día a ser curas: ya que cada día pueden aparecer nuevas demandas, nuevas formas y nuevos medios y analizando serenamente que el decaimiento en la vivencia religiosa tiene más causas y más poderosas que nuestra falta de pericia o de puesta al día en algunas cuestiones.
Yo ahora, a los 73, estoy aprendiendo ilusionado a ser cura principalmente a través de este segundo ordenador desde el que escribo, (el primer ordenador que tuve fue el obispo Argaya), y de san Whatsapp bendito, porque, al dejar de ser transmisor de la palabra, recibida, con la boca, tuve que aprender a serlo con los dedos y a convertir, por lo menos a algunos, en sucedáneos de las cuerdas vucales.

Me fuisteis dando fama de tener cierto sentido del humor e incluso de humorista. No lo contradigo. Gracias al ejercicio del sentido del humor se relativizan muchas cosas y llega uno incluso a reírse de sí mismo y así se superan muchos complejos agarrotantes. Hay cojos muy acomplejados por su cojera, mientras yo llego a sentir orgullo por ser uno de los que mejor cojea de la provincia de Lugo y parte de la Coruña. Más de una vez al cruzarme con otro cojo tengo oído la exclamación: “¡Ño! ¿Quien me diera a mí cojear como ese!”.

También hay operados de laringe que no vuelven a salir de casa, mientras yo me exhibo cómo atracción de feria. Como el hombre que real y verdaderamente habla por un tubo, o como el violín que toca sin cuerdas. Desafina, sí; pero suena.

En el fondo creo que creo en un Dios de inmenso sentido del bueno humor. A la vista está: Si Él, que lo sabe todo, me llamó a mí, un chiribí escuchimizado que al ponerse de perfil no hay catarro que le apunte, pra ser venerable sacerdote, tiene que ser un humorista insuperable. En contraposición, tengo un compañero del que no voy a decir el nombre, alto, regordete sin pasarse, ojos azules y pelo rizoso, que tomó tan a pecho lo de la dignidad sacerdotal que al salir de la ducha y verse en el espejo, se trata de usted a si mismo e incluso se hace leve inclinación de cabeza. Pero yo no. Yo veo aquella raya con brazos que no cuaja ni en un espejo con aumentos y digo: “Como no comas algo más, Xosé, mal te veo. En ese cuerpo poca alma cabe, por muy comprimida que esté”.

Creí y creo en un Dios de sonrisa fácil y hasta a veces uno poco cómplice de alguna benévola travesura pra alegrar la vida; y no en un dios mal humorado con cara y modos de amargado guardia de tráfico, bolígrafo y talonario de multas en mano pra sancionar inmisericorde, apretando como un sádico hasta casi el límite, y que en el último instante antes de ahogar, afloja, pra al poco tiempo volver a apretar con la disculpa de corregir pra enmendar. Ese no es el Padre bueno de la parábola, ni el compañero de camino que manda el recado: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados”, ni el Amigo que se disfraza de desconocido pra calentar los corazones de todos los desencantados en todos los caminos de Emaús. Hacerse ateo del dios sádico es el mejor favor que nos podemos hacer a nosotros mismos y le podemos hacer al Dios del amor.

Llegado a los 73 años, con cincuenta de sacerdocio, le doy muchas gracias a este Dios tan bien humorado, y tan humoroso, nada seco ni disecado. Y, lo sabido, sabido, volvería a presentarme pra ser ordenado en la iglesia de Vilanova de Lourenzá con la condición de que estuviera también Pepiño Llenderrozos, que me ayudó a acabarme de criar en aquel año de aparcamiento en el vijo monasterio reconvertido en seminario pra niños. Y lo sabido, sabido, en un análisis de pasada, superficial y nada riguroso, repetiría en un 50 por ciento las mismas actitudes y hechos; mejoraría en un 25 por cien, y evitaría otro 25.

Y lo sabido, sabido, le seguiría pidiendo a la institución eclesial, con sus muchas virtudes y no pocos defectos, de la que me considero parte activa, con mis muchos defectos y pocas virtudes, que no se quede mirando callada como le adelanta la sociedad, en la que tiene el deber de estar inmersa, como el fermento en la masa, por la izquierda o por la derecha. Que pregone, “a tiempo y a destiempo, pero con mucha paciencia y deseo de enseñar”. No de imponer por la fuerza, aunque convencida de que es depositaria, pra ofrecerlo, del “producto” más humanizante, más plenificante, más divinizante y más salutífero: el Evangelio. Y también le pido que revise periodicamente la marcha y, sin claudicar en el esencial, circule en paralelo con los hombres y mujeres de aquí y de ahora, sacando tiempo pra pararse en las áreas de descanso y conversar sin prepotencias ni complejos, en tono distendido, poniendo sobre la mesa su oferta envuelta en papel de regalo, no en papel amarillento por trasnochado, sobre manteles que uelan a limpieza y rectitud de intención.

(Retomo)

Vuelvo a retomar la palabra con mi voz artificial después de reponer alientos y energías. Graciñas, Javier, por tu voz, dijiste muy bien lo que yo quería decir. Permitidme recordar al primero de nuestro curso que fue ordenado y murió, ya va por treinta y cinco años, Manolo Cao, y al último, Evaristo, que aún no hace uno; y de entre los profesores: a los dos últimos: on Enrique y José María, el Salmista, que será enterrado hoy mismo en Ribadeo. Algunos profesores y formadores aún viven, don Uxío, don Fernando Puerta, don José María Díaz. Cuando sea mayor quiero ser cómo ellos.

Graciñas, compañeros de camino que empezasteis antes, después o al mismo tiempo que yo la caminata. Graciñas, a los distintos obispos, cinco ya, aunque no a todos por igual, pero sí también a usted, don Luís Angel, actual Pastor de nuestra querida diócesis de Mondoñedo-Ferrol, que encontró a esta oveja ya cuando llegó con la pata quebrada. Usted hoy hace presente al Bueno Pastor alentándonos a pastorear con usted en esta peculiar parcela de la Iglesia Universal.

Gracias, Dios, Pastor Bueno, que te hiciste Pasto, Luz, Guía, Palabra y Fuerza. Hasta siempre, porque en ti “vivimos, nos movimos y existimos” aquí y en las Alturas.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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