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El Senegalés y su Madre

Juan Ramón Moscad Fumadó 18 Jun 2008 - 23:52 CET
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El Senegalés y su Madre es el nuevo artículo José-María Redondo Tortosa que nos envía para ser publicado en el blog:

«Fue el pasado día 3, viendo el programa de la televisión castellano-manchega «Tal como somos», que presenta la ‘sin par’ Teresa Viejo, donde unas personas lograron hacer que de mis ya cansados ojos volvieran a surgir las lágrimas como de una torrentera.

Un hombre, simpático y vivaracho, de unos 40 años y de piel tostada, acompañado por su esposa, de piel blanca y guapa, eran entrevistados por Teresa y supimos que este hombre había salido con tan solo 10 años de edad de su país, huyendo del hambre y de la muerte.

Es senegalés y su país se encontraba enfrascado en una guerra fraticida.

A su padre le obligaron a cavar su propia fosa en presencia de la familia. Antes de que lo obligaran a matar, o ser matado, decidió huir y así lo hizo a tan temprana edad; después de conocer varios países europeos recaló en España y un buen día llegó a un pueblo de Ciudad Real.

En este pueblo encontró trabajo, comprensión y amigos pero también el amor. Una bella ciudarrealeña le había dado lo que jamás hubiera pensado que podría sucederle: que una española se enamorara de él, un negro que apenas hablaba nuestro idioma y tan humilde que llevaba 30 años sin ver a sus padres y hermanos, y que nunca pensó que un día podría abrazarlos.

La sinceridad de sus palabras (ya habla correctamente nuestro lengua) y su simpatía personal le granjearon el aprecio del público asistentes y de los que presenciábamos el programa por la televisión.

Durante la entrevista no dejó de sonreir y de acariciarles las manos a su bella esposa; se le notaba feliz en extremo y nos contagió su dicha.

Pero su rostro cambió de expresión cuando Teresa le preguntó por su familia; fue entonces cuando nos enteramos que su padre había muerto durante la guerra y otros hermanos también, y que al resto llevaba 30 años sin verlos porque sus posibilidades económicas no lo habían permitido, pero era a su madre a la que más echaba en falta, a la que más recordaba.

Lo que no podía sospechar era que los directivos de nuestra televisión habían conseguido traer a España a su madre, que esperaba entre bastidores para abrazar a su querido y añorado hijo, al hijo que ya no conocía, pues 30 años son demasiados para una madre. Aquel niño, de tan solo 10 años, es ahora un hombre de 40 y ha cambiado sustancialmente su aspecto físico.

El encuentro fue inenarrable; aquella buena madre apareció gritando en su idioma y al llegar el hijo a su encuentro se arrodilló y su hijo la ayudó a incorporarse, fudiéndose en un interminable abrazo mientras las lágrimas surgían a raudales.

No pudimos enterarnos que se decían, pero se comprendía. Sí, todos entendimos que el amor de una madre, sea cual sea el color de la piel, siempre es el mismo porque surge de lo más profundo del alma.

Después abrazó y besó amorosamente a su nuera y ésta le correspondió con esa sublime sencilles de la mujer manchega, limpiándole los ojos y el rostro por donde discurrían las lágrimas.

Teresa los invitó a sentarse y allí reanudaron la conversación contestando en portugués, idioma de Senegal, la buena madre. Casi lo entendimos todo porque expresaban la alegría, la gratitud y, sobre todo, el amor de una madre.

Los besos, las caricias, los mimos de una madre son para el niño como el agua para un sequedal, son tan necesarios que nunca sabremos cuantificar el beneficio que reportan al desarrollo del menor. Lo digo por experiencia propia.

Hoy, cuando veo a mi nieto que, a sus 14 meses, busca los brazos de su madre para que le alivie el dolor de un pequeño golpe recibido, comprendo que nada puede, ni por asomo, suplir al amor maternal. Este instinto nace con nosotros y perdura toda la vida.

En los brazos de la madre encontramos el consuelo necesario, que jamás se nos negará; en sus besos hallamos el calor que solo saben transmitir las madres; en sus palabras tendremos siempre la ayuda y el consejo que precisamos. Jamás les agradeceremos lo suficiente su desprendimiento, su generosidad, su AMOR».

by José-María Redondo Tortosa.

Juan Ramón Moscad Fumadó

Ing. Técn. Industrial, Diplomado Empresa y Licenciado en CCEE y EE. Valencia. Tutor de Uned de Almansa. Ha trabajado en CTNE Barcelona y en Citesa (Alicante). Desde 1981 trabajó en la Central Nuclear de Cofrentes (Iberdrola) hasta 2014. Ha escrito libros de relatos: «Viajar es un placer, pero, viajar también te escalda» y «Stada Nova: La fórmula» en Editorial Trafford (Canadá), entre otros. Ha editado su CD «OTRAS FORMAS DE AMOR», como cantautor, etc

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