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La Patera y el Cayuco

Juan Ramón Moscad Fumadó 13 Ago 2008 - 14:20 CET
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Este artículo ya se publicó en otro foro hace un par de años pero desgraciadamente no ha perdido actualidad.

Diariamente vemos en los telediarios de todas las cadenas cómo siguen llegando a nuestras costas embarcaciones repletas de hombres, mujeres y niños buscando lo que en su país no tienen.

Martín Luther King dijo:
«Hemos aprendido a volar como los pájaros y a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir juntos como hermanos».

Este tema, que me resistía a escribir, es tan sumamente doloroso e infame que no he querido ponerle ningún patronazgo. Sobra la ironía y no admite la sonrisa, sino todo lo contrario. Cuando se te encoge el alma viendo la cara de un africano hambriento, exánime por la falta de alimentos y la tiritera, por el frío soportado atravesando la mar, no tienes más remedio que llorar por la magnitud de la desgracia humana.

En el diccionario de la RAE se pueden leer estas dos acepciones referidas a las embarcaciones en las que son transportados estos pobres seres.

CAYUCO: Embarcación india de una pieza, más pequeña que la canoa, con el fondo plano y sin quilla, que se gobierna y mueve con el canalete.

PATERA: Embarcación pequeña, de fondo plano y sin quilla.

En cada una de estas embarcaciones y dependiendo de su aforo, son amontonados cientos de seres que han decidido, obligados por la miseria y el hambre que padecen en sus países de origen, jugarse la vida para no morir de inanición. Cuando rugen las tripas se nubla hasta el entendimiento.

Pero antes han tenido que pagar una suculenta cantidad a los asquerosos patronos, los mafiosos dueños de las embarcaciones y a otros intermediarios, igual de canallas, para dejarlos en la mar, a su albedrío, sin apenas alimentos ni bebidas, a miles de millas y entre devoradoras olas para llegar a las costas de Canarias o de Andalucía.

Todos hemos visto las caras de estas personas, se les nota el sufrimiento, llevan reflejado el dolor pero jamás el odio hacia aquellos que los obligaron a jugarse la vida para poder comer.

Estas pobres gentes son incapaces de sentir rencor, les obliga la miseria pero no son miserables, los miserables son todos aquellos que se lucran con su miseria, y valga el juego de palabras.

Muchos de ellos, los que llegaron primero, han conseguido regularizar su situación y han encontrado trabajo y alojamiento, pero
¿Y los últimos, los que ya no son admitidos y se les repatría a su país de origen?
¿Qué pensarán cuando vuelvan a la pobreza, a sentir de nuevo el doloroso ruido de las tripas?
¿Les quedarán lágrimas en los ojos?
Será entonces cuando sientan odio, pero no hacia otros sino contra su triste y cruel destino.

Yo los comprendo perfectamente porque también soy emigrante, pero no tuve que salir de mi país para encontrar trabajo, tan solo hice unos cientos de kilómetros y en tren. Únicamente tuve que pagar el billete y no me jugué la vida.

Pero a pesar de ello he derramado muchas lágrimas por la lejanía de mis raíces y especialmente en determinadas épocas del año. La emigración es la peor de todas las dolencias, es la herida que nunca cicatriza.

Nadie ha llorado más que un emigrante recordando lo suyo: los amigos, las fiestas del pueblo, las andanzas juveniles, las piedras de su calle…

Y cuando más años voy cumpliendo menos entiendo a los hombres, sobre todo a los gobernantes, los que autorizan y consienten la fabricación y venta de armas a los países pobres para que se maten entre ellos y exporten seres humanos.
¿Cómo se puede entender que en la Europa de la abundancia y del bienestar se siga practicando esta nauseabunda forma de hacer política?
¿Por qué no se avergüenzan de su cinismo y de su carencia de sentimientos?
Pues porque no los tienen, así de sencillo.

Me decía un amigo que para entrar en una alcoba con una mujer hay que despojarse de las creencias religiosas y de la educación porque estorban para lo que se va a hacer en la cama. Pues bien, los políticos, de cualquier ideología y en cualquier país rico, se despojan de la vergüenza y de la dignidad y se cubren el corazón con una doble capa de hierro y hormigón para ejercer su infamante desprecio hacia unos seres que necesitan de todo, menos pateras y cayucos.

Yo pondría en el frontispicio de la Europa democrática el nombre de los centenares de seres que se ha engullido la mar, a ver si se nos cae la cara de vergüenza.

José María Redondo Tortosa

Juan Ramón Moscad Fumadó

Ing. Técn. Industrial, Diplomado Empresa y Licenciado en CCEE y EE. Valencia. Tutor de Uned de Almansa. Ha trabajado en CTNE Barcelona y en Citesa (Alicante). Desde 1981 trabajó en la Central Nuclear de Cofrentes (Iberdrola) hasta 2014. Ha escrito libros de relatos: «Viajar es un placer, pero, viajar también te escalda» y «Stada Nova: La fórmula» en Editorial Trafford (Canadá), entre otros. Ha editado su CD «OTRAS FORMAS DE AMOR», como cantautor, etc

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