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Lo esencial es invisible a los ojos

Pablo G. Vázquez 26 May 2017 - 09:59 CET
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Es una de las frases mágicas que se recogen en el delicioso «El Principito», del francés Saint-Exupery, libro del que estuvimos hablando Vicky (madre de dos mozos) y yo ayer a colación de la literatura infantil extensible a todo adulto.

Efectivamente, no sé hace años, pero hoy en día, bien sea por los medios de comunicación o por la manera en cómo percibimos nosotros mismos los actos sociales, resulta cristalino que no nos paramos a pensar con el «corazón y la cabeza» sobre lo que realmente nos sucede, sobre lo que nos rodea, en todas nuestras esferas vitales, incluida la política.

En la política actual se están produciendo (a mi humilde modo de ver) una serie de planteamientos muy forzados, hasta el punto que ello tendrá irreversibles consecuencias que no nos saldrán gratis, a nadie.

Los dirigentes políticos salen elegidos por abanderar ideas diametralmente opuestas a las de sus antecesores, para luego, y ya una vez en el poder, en un ejemplo de seguidismo sin parangón, hacer exactamente lo mismo que los anteriores, justificando dicha actuación en que no queda más remedio y que, al menos, se ha intentado, y adornando dichos discursos con palabras huecas y ya más que previsibles.

Si a ello le sumamos la cantinela, que todo político profesional que se precie ha de soflamar, de negar la realidad y la evidencia fáctica presentándose como los únicos salvadores mundiales, pues del cócktel sale lo que de manera natural ha de salir:

Desengaño, cuestionamiento de los conceptos de acción y representación política, desconfianza, incertidumbres varias y un largo etc…

Todo ello pone en entredicho a la propia Democracia que hoy conocemos  como sistema de convivencia efectivo para nuestra sociedad.

De nosotros individual y socialmente depende. Siempre he creído que nosotros mismos somos muy responsables del futuro que podamos llegar a tener, en un porcentaje absoluto.

Lo dicho, los viernes madrileños calurosos da también para ésto.

A cuidarse, meus.

PGV.

 

Pablo G. Vázquez

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