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Reality Check

Pablo G. Vázquez 06 Oct 2017 - 10:17 CET
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Votar (con independencia de la legalidad o no de lo que se votaba) era la parte fácil. Ahora comienza el doloroso despertar del sueño inducido para mostrarnos la realidad en toda su crudeza: la felicidad plena prometida es, en definitiva, una quimera.

 

Los hechos sociales recientemente acontecidos en Cataluña evocan, en cierto modo, la moraleja que tan brillantemente plasmó el filósofo británico Al Huxley allá por 1931 con su famosa obra «Un mundo feliz».

Efectivamente, las sociedades utópicas o platónicas (de absoluta justicia trascendente) no pueden sustentarte puesto que el preceptivo peaje que han de pagar para su condicionamiento anula la propia dimensión individual y social del ser humano como tal.

Mas, Puigdemont, Junqueras (El trío LSD) han soflamado públicamente hasta el hastío LA MARAVILLOSA REPÚBLICA SOCIAL que sería la existencia real de una Cataluña independiente. Habría prosperidad económica, felicidad, sentimiento nacional positivo, los mejores servicios públicos, los menores impuestos sociales, no habría problemas prácticamente, no habría odio etc…

El cebo finalista, en el contexto social de crisis, era perfecto para la función de tapar la corrupción y gestión pública catalana.

Pero llegó la cruda realidad: el Rey se planta, Rajoy avisa directamente, empresas líderes y símbolos empresariales catalanes deciden trasladarse fuera de Cataluña, la UE se empieza a tomar en serio el tema aduanero, un catalán independentista que reside en San Francisco (EEUU) empieza a temblar cuando le dicen que ya no podrá auxiliarse de los servicios consulares españoles etc…

Se acabó el cachondeo, pero en el sentido de que empiezan a asomarse las consecuencias reales de la operación que no dibujan precisamente un mundo feliz o, al menos, un mundo como esperaban los independentistas.

A cuidarse, meus.

PGV.

 

 

Pablo G. Vázquez

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