Simplemente me gustó. Libro sencillo, historia sincera, real, dura en sí misma, descarnada, fugaz en la vida, a veces densa y mordaz. Me gustó. Ancló en mi cerebro la ternura y el desgarramiento de una literatura vívida y vivida, ambas cosas, todo junto, simultáneo, a la vez, como una cascada que surge de la nada y te atrapa. Tierras agrestes, secas, casi ciegas de tanto dolor y miseria. Escritor tardío y misterioso, trágico y directo. No esconde nada. Tal vez su propio destino desconocido. Vivió. Murió. Y escribió. De maravilla. No deben perderse en la mierda de literatura de hoy, esto es, la que se vende por toneladas, los brillos cegadores, de precios desorbitantes, de narrativa desesperada que quiere ser buena y se queda en simple basura encajonada entre dos cubiertas duras, de cartón: la eyaculación de un editor que duerme tranquilo sabiendo que engaña a la gente. La tragedia de un ser que escribe sabiendo que no tiene el don y la agonía de plasmar en papel el sufrimiento de toda una vida. Les digo: acierten. ¿De quién hablo? 1935, 2003: dos fechas para enmarcar, para el recuerdo. Para cerrar los ojos y disfrutar del recuerdo y de los sonidos de una palabras recién descubiertas. No digo su nombre. Acierten. Les dejo este juego perverso. ¿Aceptan?
Vale.
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