
Novela del escritor argentino Roberto Arlt, editada en el mes de octubre de 1929. En la misma se desarrollan algunos de los problemas planteados por el existencialismo filosófico. Las cuestiones morales, la soledad, la angustia ante el sinsentido de la vida y la desolación de la muerte son temas recurrentes en la arquitectura metafísica de sus protagonistas. Es una obra de lúcida crítica social a la Argentina de los años 30. «Los siete locos» culmina con «Los lanzallamas», novela que Arlt editaría en 1931.
El protagonista, Remo Augusto Erdosain, desesperado ante la falta de dinero y perspectivas, se une a una sociedad secreta que pretende trocar el orden social imperante a través de una cruel y terrible revolución social ideada por uno de los personajes más potentes creados alguna vez por la literatura argentina: El Astrólogo. Tal revuelta sería financiada por una red de burdeles, distribuidos por toda la Argentina bajo la administración del Rufián Melancólico.
Erdosain es metafísico hasta la médula, es también un inventor fracasado obsesionado por su “Rosa de Cobre”, proyecto que nos informa tímidamente a través de los capítulos de la obra pero que, víctima de una perdurable abulia, jamás puede concretar. Es, a todas luces, un invento estéril (casi poético), carente de cualquier utilidad que no sea una dudosa estética. No obstante Arlt parece utilizarla en Erdosain como último resabio de esperanza ante el vacío, la inutilidad de la vida y el desamparo que su protagonista siente de continuo. En términos generales, el sinsentido del mundo tal y como está organizado, tiñe la percepción y conciencia que cada uno de sus personajes se hace de él, llevándolos a extremos delirantes y temibles.
En «Los Siete Locos» abundan los monólogos interiores que llevan a sus protagonistas a reflexiones disparatadas y lúcidas por igual, en donde se plantea la locura absoluta de la sociedad, la crueldad del capitalismo, la frialdad de la industria y sus máquinas tecnológicas, contrastando a estas últimas con la endeblez y fragilidad del hombre mortal que las crea. Incursiona así en tribulaciones metafísicas de orden universal que, por lo tanto, siguen vigentes. Muchos han señalado en esta obra y en su sucesora la influencia del ruso Fedor Dostoievski, al punto de apodar a Arlt «el Dostoievski porteño».
Es una obra despierta, de lectura ágil, con palabras y expresiones que sorprenden por lo argentino, usando fórmulas que a los hispanos nos pueden parecer desafortunadas, pero que aportan originalidad a la obra, así como una música insuperable que acompaña al lector a través de todas sus páginas. Una delicia de novela para los exigentes. No se trata, pues, del clásico libro de masas, en absoluto. Arlt es un autor para leer en soledad y ajeno a todas las payasadas e incongruencias del mundo.
Desde aquí recomiendo su lectura y, si ya se leyó en su momento, siempre es tiempo de volver a ella.
Vale.
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