Brevedad, frío, líneas horizontales como hojas azules que llueven en una brisa muerta.
Adolescencia, busca constante y desesperada, ansia y dispersión del Yo.
Aislamiento, propio del inmaduro que sufre por la risa sarcástica de la Vida, que no acaba; esa sonrisa pintada de terror al qué será.
También le acompañará una sensación de claustrofobia (¿innata? ¿Acaso una impostura indecente?)
Narra la cárcel, o La Cárcel, como usted prefiera; a veces identificada como una fruta amarga e imprevista; otras, como algo definitivo e inmanente al Ser, inmarcesible al paso del Tiempo.
Usted hallará en la lectura de este libro hielo, mucho hielo, demasiado hielo, como palabras congeladas y frases que ni siquiera pretenden conocerse unas a otras, desnudas y ateridas por saber que su mirada, la suya, la de usted, las observa, las analiza, las ofende en su intimidad, las procura.
Más adelante nos asalta un juego promiscuo y una invitación (o incitación perversa), o simplemente una apatía flemática, como un cisco recién apagado.
Todo castigo encierra un algo que atrae, una llamada misteriosa, como el silbido de la culebra a la que no veremos, escondida bajo la arena. Jamás sucedería al revés. Nunca. Piénselo.
Añoranza de la escritora, sus lágrimas secas.
En el fondo, una memoria aviejada, como las marquesinas necesarias que todavía surgen en las aceras de las ciudades sin concluir. Usted se preguntará qué nos faltó por acabar, ¿ese techo de cristal o ese voladizo simple del que hablo, o quizás esa tediosa y estresante urbe del demonio?
La lluvia, el cielo oculto, la montaña escarpada que nos pintó Hesse tantas veces. Y la nieve, siempre esa blanca y tierna y eterna nieve del ojo que mira, la blancura atroz, persistente e intimidadora, que te persigue toda la Vida.
Y, de nuevo, surge esa Cárcel irrompible dentro de Ti. No significa inocencia, no, sino un cruel deseo de confesar el dolor para lograr un efecto que sólo usted, lector, tiene derecho y legitimidad para adentrarse en estos vericuetos, si es capaz de hacerlo, de atreverse a descubrir su propio desmayo, en la soledad de su mente, con el libro cerrado, leído, con el corazón comprimido y pulsante.
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