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La postmodernidad como cáncer político

Enrique Arias Vega 27 May 2007 - 00:06 CET
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En el arte, la postmodernidad hasta resulta divertida. Para ella, todo es cultura: desde el lenguaje universitario a la jerga carcelaria, desde la pinacoteca de El Prado hasta los graffiti de los okupas. Mejor lo segundo que lo primero, claro, porque lo otro, en vez de arte, suele ser algo horrible y artísticamente frustrante: el odioso academicismo.

Bueno. Esa hibridación, ese relativismo en que una cosa no vale más que su contraria, digo, resulta inocuo en un plano estrictamente estético: allá cada cual con sus tonterías y sus prejuicios. Lo malo es cuando semejante equiparación de valores pasa al terreno moral, al social y hasta al político.

Aquí vamos de cabeza hacia ello. No ya porque dé lo mismo aprobar que no aprobar para pasar de curso, ya que se trata de un asunto reducido al ámbito docente. Tampoco porque tenga igual valor jurídico una pareja de hecho que otra de derecho —¿por qué, pues, seguimos hablando de “parejas de hecho” si son inexistentes?—. Menos aún porque equiparemos al régimen de Cuba con cualquier democracia occidental, dado que el problema nos pilla bastante lejos.

Ninguno de esos temas, por sí mismo, resulta suficientemente grave. Sí lo es, en cambio, la suma de todos ellos. Cada uno de tales sucesos es la modesta tesela de un gran mosaico de superficialidad, trivialización y relativismo, de sustitución de las convicciones firmes por la mera conveniencia oportunista.

Todos hemos acabado contagiados en mayor o menor medida por ello. Su exponente máximo es esa Alianza de Civilizaciones que no supone la cooperación entre distintas culturas, sino la equivalencia de conductas, en la que al final consideramos tan edificante la poligamia como el celibato y tan legítimas las leyes de igualdad occidentales como el hiyab, el burka y hasta la lapidación de la mujer adúltera en oriente.

Sin necesidad de exagerar la nota, tenemos muy próxima la polémica sobre la utilización de la Mezquita de Córdoba. ¿Debe compaginarse su uso litúrgico católico con la cesión para el culto islámico? ¿Habría que esconder, en ese caso, la rica imaginería producto histórico de nuestras creencias?

Para el progresivo postmodernismo devastador y entreguista, seguro que sí. En cambio, esos mismos sedicentes defensores de la libertad religiosa no levantarían un dedo para que, en reciprocidad, se autorizase el culto cristiano en aquellos países musulmanes que lo prohíben. Ni siquiera, a ellos, tan amigos de los manifiestos en defensa de esto y de lo otro, se les ha ocurrido hacer uno en protesta por el asesinato de religiosos católicos en aquellos lugares. El último, y muy reciente, de tres misioneros en Turquía, país que no es, ni muchísimo menos, de los peores.

En nuestra propia casa tenemos el pavoroso tema del terrorismo, con una tendencia creciente a relativizarlo, a no diferenciar víctimas de verdugos y a considerar como extremos equiparables del espectro político a quienes dan cobertura a los terroristas —es decir, Batasuna y compañía— y a quienes más se empeñan en que el Estado no haga concesiones gratuitas a los matarifes.

No me digan que no estamos ante una dramática igualación entre buenos y malos, ante una rocambolesca eliminación de los mismos conceptos de bondad y maldad.

Éstos son sólo algunos síntomas del cáncer político de la postmodernidad. Del todo vale, que dicen algunos, reprochándoselo, eso sí, al adversario político, incapaces de ver la viga en el ojo propio. El peligro de esta insidiosa enfermedad moral es que acabe produciéndose una metástasis y no tenga ya curación.

Afortunadamente, surge ya algún indicio de que se están produciendo anticuerpos. Por ejemplo, en la última encuesta del CIS, los ciudadanos españoles consideran que una de sus principales preocupaciones hoy día la constituyen los políticos. Ellos, con su falta de moderación y de principios, y con sus mutuas acusaciones de corrupción más que probable, han pasado de ser una solución a convertirse en un problema.

De tener ya esa percepción, a poder revertir el relativismo postmoderno en sólidos valores morales, todavía hay un abismo. A ver qué día somos capaces de cruzarlo.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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