No me extraña que Nicolas Sarkozy apele a los valores del esfuerzo y el mérito. Entre otras razones, porque están en desuso.
En nuestras satisfechas sociedades occidentales se lleva otra cosa: un creciente hedonismo juvenil, consumista y cómodo, que contrasta con la secular penuria de los países más pobres. Algunos, incluso, se creen con el derecho de vivir subsidiados, desde la cuna al nicho, sin interrupción.
Por eso, uno admira a la colega Irene Villa, de 29 años, sin piernas desde 1991 por un atentado de ETA. También a Violeta Rius, de 12, accidentada y huérfana en la tragedia del metro de Valencia, hace diez meses, capaz ahora de proclamarse campeona de España de gimnasia.
Otros, con menos pretextos, estarían mano sobre mano.
Claro que hay que ayudar a la gente, faltaría más. Pero también a ayudarla a que se ayude. Conseguir que sean los menos favorecidos quienes se aproximen a los de cabeza. Y no al revés.
A veces, ciertas reformas académicas parecen ir en dirección contraria: primar a los más vagos, a costa de frenar el desarrollo de quienes se aplican. Con eso nadie mejora, sino que salimos perjudicados todos.
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