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Volver a la edad de piedra

Enrique Arias Vega 27 Jul 2007 - 23:05 CET
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Barcelona no es la única damnificada por un gran apagón. Hace cuatro años, una avería en pleno mes de agosto dejó sin luz a 30 millones de ciudadanos del norte de Estados Unidos y de Canadá.

Eso no supone ningún consuelo. Al contrario: evidencia la fragilidad de nuestro mundo desarrollado y cómo, en un momento, podemos regresar desde el confort tecnológico a la edad de piedra. Sin transición.

Me sorprende que no haya sido ésta la principal reflexión estos días de políticos y analistas. Sobre todo, porque no es el primer aviso. Durante el caluroso verano de 2004, un exceso de consumo dejó sin electricidad en distintos momentos a los vecinos de Cádiz, Sevilla, Murcia y Melilla.

También en Barcelona hay precedentes. Otro incidente menor que este último se sustanció con la multa a FECSA-Endesa, por parte de la Generalitat, de 6 millones de euros, que los tribunales rebajaron a 2,2 y que, por cierto, aún están por ser pagados. Y es que lo que gusta a nuestras autoridades es ver a quién cargar la culpa, en vez de buscar soluciones de futuro.

La evidencia de que eso es así la tenemos en cómo se echan la pelota una a otra Endesa y Red Eléctrica y en el reproche de Cataluña a Madrid por la falta de inversiones y del Gobierno central a la Generalitat por incumplir su función fiscalizadora. Para acabar de complicarlo, tenemos las perennes cuestiones de si Cataluña produce más de lo que recibe y de si el precio del kilovatio es el correcto.

No parece que sea ése, la falta de dinero, el problema de nuestras empresas eléctricas, con beneficios millonarios, cotizaciones ascendentes y OPAS estupefacientes. El incidente de Barcelona, aparte de a los pobres ciudadanos afectados, tampoco les quita el sueño, a lo que se ve, a las compañías de seguros que no esperan “que tenga un impacto negativo en nuestras cuentas”.

Aquí, pues, todo el mundo quiere pasar página, en la convicción de que a partir de hoy, con la marcha vacacional de muchos barceloneses, disminuirá el consumo y en septiembre ya se verá.

Claro que si no aprovechamos accidentes como éste para cuestionar nuestro modelo económico es que estamos sonados. En la sociedad desarrollada conviven íntimamente el confort y la vulnerabilidad. Es éste un mundo complejo e interrelacionado en el que un incidente nuclear, la subida del petróleo, un verano tórrido o un invierno gélido pueden mandar todo al garete.

Debemos evaluar, por consiguiente, qué es lo que queremos, qué estamos dispuestos a pagar por ello y qué riesgos nos atrevemos a asumir. De no hacerlo así, accidentes como el de Barcelona irán jalonando la ruta hacia el desastre.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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