Para bien o para mal, José María Aznar no pierde protagonismo. Esta semblanza la publiqué en el periódico Diario de Valencia, el 10 de mayo de 2003, y acaba de ser recopilada, con otros nombres de mi peripecia profesional, en el libro Personajes de toda la vida (2007), editado por la UNED de Valencia:
«Hasta hace unas semanas, era el activo más indiscutible de su partido. Ahora, tras el Prestige, la guerra de Irak y otros sucesos igual de imprevisibles, resulta un personaje controvertido hasta para sus más fieles.
«Es que la política, como la vida, es así: granjearse una reputación lleva toda una vida y ponerla en entredicho es cuestión de sólo unos segundos.
«Pero a Aznar estas cosas no le inmutan. Él, parece decirnos con sus silencios, no está aquí para ganar amigos. Tampoco es que tenga demasiados. Como antiguo inspector de Hacienda, austero e incorruptible, eligió el incómodo camino del deber y la rigurosidad, en vez de dedicarse, por ejemplo, a la farándula. Pero entonces habría sido Pedro Almodóvar o Juan Luis Galiardo y no un presidente de Gobierno que practica la estabilidad presupuestaria.
«Por eso, a lo mejor no cae tan simpático como otros de dicción suave, chiste fácil y promesa siempre a punto. En cambio, resulta más creíble. Un hombre como éste, que no parece hacer trampas ni en el dominó, es improbable que nos engañe al reducir los impuestos, aumentar las pensiones o programar guarderías para las madres que trabajan.
«Además, por si fuese poco, en vez de aferrarse como loco a la poltrona, como otros, cumple su vieja promesa de dejar el cargo. Se entiende entonces la frustración de Felipe González, privado de decirle aquello que más ansiaba: “¡Váyase, señor Aznar!”.
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