La derecha suele anteponer sus intereses a las disquisiciones ideológicas. Por eso resulta relativista y pragmática. La izquierda, en cambio, supedita todo a la ideología, hasta el sentido común. Por eso acaba siendo dogmática y sectaria.
Se trata de una simplificación, obviamente, pero no me negarán que la historia está llena de ejemplos que lo corroboran. En su sectarismo cainita, la extrema izquierda antifranquista se fragmentó en su día en múltiples grupúsculos a cual más inocuo. Bueno: inocuos para el régimen de Franco, pero no para sus propios militantes, que en algunos casos terminaron a tiros entre ellos mismos, como en el caso del minúsculo Partido Comunista de España (Internacional).
Ahora, la cosa no tiene aquellos tintes dramáticos, por fortuna. Pero, como bien ironizó Carlos Marx, la historia siempre se repite, aunque lo que primero fue tragedia luego deviene en farsa. En esas estamos, en el vodevil actual de quién representa mejor a los desconcertados electores de la coalición del Compromís valenciano: si Enric Morera y su Bloc o Glòria Marcos y su Esquerra desunida; o si el discutible honor le corresponde a ésta o más bien a Mónica Oltra y Mireia Mollà, las diputadas sustraídas del todo a la disciplina de EU.
Ya ven qué nivel, que dicen los modernos.
Mientras sus escasos votantes asisten estupefactos al ajuste de cuentas de los otrora socios de coalición electoral, la última pejiguera consiste en saber quién se queda con los cuatro duros de las asignaciones y los sueldos de los diputados: si le corresponden al grupo parlamentario, a la organización política o a los propios interesados.
Hablando, pues, de intereses, no me negarán que éstos se manifiestan bien magros. La derecha, al menos, tiene la elegancia de tirarse del moño sólo por recalificaciones urbanísticas de alto nivel y otros pelotazos igualmente millonarios.
Eso es todo lo que queda hoy de “la alternativa de izquierda”, de esa “otra manera de hacer política”, de la que presumían sus eslóganes. Si está claro que los ciudadanos no tiran precisamente cohetes de entusiasmo con los partidos políticos tradicionales, les espanta mucho más el abismo al que los conducen estos grupos alternativos que, si ya obtienen pocos votos, de seguir transitando por ese camino hacia ninguna parte acabarán convirtiéndose en una reliquia prehistórica como los tiranosaurios, aunque, eso sí, menos inquietantes que ellos.
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