Si uno se despierta de golpe en el metro de Madrid, al pronto no sabe si está en Londres o Nueva York, ante la similitud del paisaje humano.
En eso consiste la globalización, en la desaparición de las diferencias. Hace años, la selección inglesa de fútbol estaba compuesta de once muchachotes rubios con ojos azules. Ahora, la mitad de ellos son negros.
Esa confusión de conceptos, por llamarla de alguna manera, propicia las mayores paradojas. Por ejemplo, que el hijo de un amigo pasara dos veranos en Brighton sin aprender una palabra de inglés: “Estaba rodeado de españoles”, me dice su apesadumbrado progenitor. En cambio, otro, que lleva años de camarero en Xàbia, habla ya un inglés fluido. “Y se defiende en alemán”.
Ese popurrí lingüístico, en el que todos hablan un poco de todo, es inherente a la globalización. Lo tenemos en los equipos ciclistas, compuestos por profesionales de todas partes, cuyo único lenguaje común es el de la EPO y otras sustancias dopantes. Y en el fútbol. Antes solamente éramos importadores de futbolistas y ahora 14 jugadores españoles participan ya en la Premier League.
La verdad es que no sé cómo pueden entenderse en el vestuario y no acabar pasando la pelota al contrario. Lo que sucede es que a la postre todo se diluye en una misma cultura importada de los Estados Unidos. Uno puede estar en un hotel de Ginebra cambiando de canal televisivo e inevitablemente acaba viendo House o Sin rastro en un canal alemán, en otro francés y hasta en uno saudí.
Es que, de hecho, no vivimos ni en un país ni en otro, sino en un avión entre dos destinos. El año pasado, las aerolíneas transportaron 2.100 millones de pasajeros. Así que al final todos tenemos los mismos hábitos y padecemos las mismas enfermedades. O sea, que hasta las epidemias se globalizan y el estornudo de alguien en Hong Kong puede acabar en una gripe mayúscula en Toronto. Que se lo pregunten, si no, a los guionistas de la serie televisiva Regénesis.
Por si alguien aún duda de que todo esto es así, le cuento que en estos momentos el jugador de béisbol más cotizado en Estados Unidos es un japonés, Daisuke Matsuzaka, que cobra 52 millones de dólares.
Vivir para ver.
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