La moda, hoy, consiste en ser nacionalista. Cuanto más, mejor. Si no, uno pasa por ignorante, por carcamal, por facha y hasta por “nacionalista español”, aunque no haya abierto la boca y hasta ignore de qué va tan alambicado concepto que debe entrañar las mayores perversiones.
No se crea que esta moda cantonalista, reductora, aldeana se circunscribe a las comunidades que usted y yo sabemos. No. El otro día oí por la radio a una señora encantadísima de que se produjese, por fin, una película totalmente extremeña: la temática, los actores, el director y hasta los bocadillos del elenco eran de Extremadura, cosa que me parece muy bien. Pero lo sintomático es que la señora en cuestión no ponderaba ningún posible mérito cinematográfico del filme, que ignoro si lo tiene, sino sólo su carácter estrictamente local.
Ya ven cómo están las cosas en este denominado “Estado español”, expresión en boga para no citar la palabra España.
Ser nacionalista no sólo está de moda, sino que en esas comunidades que usted y yo sabemos supone un plus, una ventaja comparativa, que dirían los economistas clásicos, a la hora de conseguir empleos, contratos y prebendas públicas.
Pero no entremos en ese terreno minado. Baste recordar la prima electoral de que disfrutan los partidos nacionalistas, que necesitan menos votos que los de ámbito español para obtener un escaño en las Cortes. Así se explica que Convergència, ERC y PNV dispongan de más representantes parlamentarios que Izquierda Unida.
El nacionalismo goza también de otras ventajas. Una, muy sutil, es la de que sus militantes pueden expresarse en castellano, posibilidad que muchas veces se niega a los castellanohablantes. Recuerdo que hace ya veinte años, Heribert Barrera —líder a la sazón de ERC y presidente del Parlament de Cataluña— inauguró un curso científico internacional en catalán e inglés, dejando in albis a la mayoría de participantes. A su vez, el mismo personaje abandonó algún acto público en Barcelona en el que alguien se expresó en castellano.
Lo rememoro porque este fin de semana participaron en la Escuela de Verano de Convergència el catalán Artur Mas, el vasco Josu Jon Imaz y el gallego Anxo Quintana. ¿En qué idioma se entendieron? Pues en el común a todos ellos, claro: el denostado castellano. Allí, siendo todos nacionalistas, no había motivo para ese babélico popurrí lingüístico que propugnan en Las Cortes Joan Tardà y otros diputados.
Ya ven qué paradojas se producen en este país de nuestros pecados.
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