Sin que sirva de precedente, parece que PSOE y PP de Salamanca se unen para sancionar con más dureza el vandalismo urbano.
No sé muy bien cómo se concretará la cosa. Tampoco creo que lo sepan los propios interesados, que seguro discreparán en cuanto tengan la más mínima posibilidad. Pero, al menos, son conscientes de que no hacer nada es la peor política para garantizar la convivencia.
Está claro que no se puede poner un policía en cada esquina, entre otras cosas porque no existe suficiente personal ni presupuesto público que lo aguante. Por eso, también, proliferan tantas empresas de seguridad privada.
En cualquier caso, hay que diseñar una política preventiva que impida el gamberrismo, los destrozos en el mobiliario urbano y las agresiones al prójimo que pespuntean cualquier fiesta masiva que se precie de serlo. A veces, la solución es bien sencilla, como en el barrio madrileño donde suelo pernoctar. Hartos ya de padecer escándalos e insomnio, los vecinos han acordado, con beneplácito municipal, echar el cerrojo nocturno a la plaza en que se concentraban los gamberros. Y sanseacabó: por fin pueden dormir a pierna suelta.
Como las cosas no siempre resultan tan fáciles, para eso está la instalación de videocámaras. Y no creamos que con ello se invada intimidad alguna. Nuestros legisladores son tan exquisitamente delicados que especifican que figure “en lugar suficientemente visible” un distintivo que anuncie la vigilancia electrónica.
Justo lo contrario de lo que hacen las webcam de pedófilos y demás delincuentes informáticos, que ellos sí que se pasan las leyes por la entrepierna.
Con la video vigilancia se trata más bien de prevenir que de lamentar. Así que, si no nos inquieta que exista desde hace ya tiempo en cajeros automáticos, embajadas, supermercados y otros edificios, ¿por qué habría de molestarnos su instalación en los espacios públicos? A mí sí me preocuparía que colocasen cámaras en mi dormitorio o en el cuarto de baño, pero que se haga en la calle me proporciona una enorme seguridad.
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