Estoy un poco espeso últimamente y será por eso que no entiendo lo de la apropiación partidista de “símbolos que son de todos”, en alusión a la bandera española. Si dichos símbolos nos pertenecen a todos, ¿qué hay de malo en que los usemos? La apropiación indebida, según la gramática y hasta el Código Penal, es la de algo que pertenece a otros, que tiene un propietario distinto de quien se lo apropia.
Pero ya digo que ando algo obtuso de entendederas. Yo creía que lo malo de los símbolos comunes radicaba, precisamente, en su desuso, su abandono e incluso su desdén, como sucede con la bandera constitucional. Porque, vamos a ver: ¿dónde ondea que apenas se la ve? Por esa suerte de clandestinidad práctica, quien la exhiba nos hace a todos un doble favor: la utiliza por él mismo y por aquellos otros que estamos demasiado distraídos o demasiado ocupados para hacerlo. Así que, en vez de reprochárselo, habría que darle las gracias.
Claro que todo se debe a una perversión del lenguaje, ya que me temo que quienes denuncian el uso indebido de la bandera nacional simplemente no quieren que se utilice.
Y es que el lenguaje, digo, lo tergiversa y lo disculpa todo. Por ejemplo: argüir que se queman retratos del Rey en el legítimo ejercicio de la libertad de expresión. Siguiendo ese discurso, partirle la cara a un profesor abusivo o poner una bomba en la oficina de impuestos podrían ser también manifestaciones oportunas de protesta.
Por salir de España, y continuando con el lenguaje, me llama la atención que se denomine “intercambio humanitario” la propuesta de los guerrilleros colombianos de que se suelte a terroristas presos a cambio de inocentes rehenes que llevan años secuestrados por las FARC. ¿Son humanitarios por ello los guerrilleros?
Así que no me anden con mandangas lingüísticas de “apropiaciones indebidas”. El día en que ondee la bandera española en todas partes ya no habrá quien se la apropie porque entonces sí que sería una solemne tontería.
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