Hace poco no sólo ignorábamos todo sobre la automoción sino que ni siquiera teníamos coche. Ahora, en cambio, gracias a los éxitos de Fernando Alonso, nos hemos convertido en unos expertos de tomo y lomo en cilindradas, carenado, combustión, trompos y demás jerga de la mecánica del automóvil.
Sin embargo, nos faltaba algo para que la épica vivida por medio de la experiencia ajena fuese completa: tener un enemigo al que odiar. Gracias a la rivalidad indisimulada entre Alonso y Lewis Hamilton ya lo hemos encontrado. Si el asturiano, el nuestro, es el bueno por antonomasia, el otro, el inglés, es el malo, sean cuales fueren sus razones.
Lo de inventar enemigos en los que focalizar nuestro rencor resulta, pues, de lo más chupado. Y, a lo que se ve, psicológicamente necesario para reforzar así nuestras convicciones, nuestras creencias, nuestros mitos o nuestros prejuicios. Lo del automovilismo sólo es un ejemplo. Pero lo estamos trasponiendo ya a la ideología, a la política, a la convivencia… Y de no pararlo a tiempo puede acabar como el rosario de la aurora.
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