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Suprimir España

Enrique Arias Vega 25 Oct 2007 - 21:21 CET
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Soy partidario de la “España serena” que dice Rodríguez Zapatero. ¡Y quién no! ¿O es que hay alguien que prefiera la tensión y la bronca permanentes, el enfrentamiento entre ciudadanos y la crispación como modo de vida? Pues eso: a optar por la serenidad.

Lo malo es que existen perennes motivos de confrontación. Uno, sobre todos: la bandera española. Hay gente —poca, es la verdad— empeñada en utilizar de uvas a peras la bandera constitucional y, claro, semejante provocación cabrea a miles de inocentes contribuyentes que prefieren ondear todo tipo de símbolos regionales, municipales y hasta deportivos antes que la ominosa enseña rojigualda, fascista ella, como todo el mundo sabe.

Por eso, lo mejor de todo sería abolir la susodicha bandera. Ya lo está de facto, porque el país donde resulta más difícil ver su estandarte nacional es España. A diferencia de otros pagos, donde es imposible dar un paso sin toparse con algún símbolo nacional, aquí uno puede recorrer kilómetros y kilómetros sin saber de qué país se trata. Bueno. Eso no es del todo exacto. Uno sabe inmediatamente si se encuentra en Euskadi o en Cataluña, por ejemplo, porque por falta de banderas autonómicas no será. Y lo mismo sucede en Andalucía, en Galicia, etcétera, etcétera.

Dada esa ausencia de la bandera española, prohibir su uso mediante una ley está chupado, como dicen en mi pueblo. Además, no hay manera de encontrar ni tela para ella, caso de que a alguna persona estrambótica se le ocurriese exhibirla. O sea, que a lo dicho: no más bandera.

Puestos a ser coherentes, podríamos extender la prohibición al mismo término de España. De hecho, casi no se utiliza. Es mucho más común oír hablar de “este país” y, sobre todo, del “Estado”, término jurídico-político que se emplea como concepto territorial, en el que llueve o hace sol, se plantan coliflores o se desbordan ríos, para sorpresa de los gramáticos de todo el ancho mundo.

Pero ya que el estropicio lingüístico está hecho, aprovechémonos de él y sustituyamos directamente el execrable vocablo de España por el aséptico de Estado. ¿No se llaman Estados Unidos los ídem y no pasa nada? Pues eso. Llamemos a este país “el Estado” y a sus habitantes denominémonos “estatales”.

¿Ven qué fácil? Si muerto el perro se acabó la rabia, proscrito el término de España, que es lo que nos divide, ésta será por fin una Arcadia feliz y colorín, colorado, este mal cuento se habrá acabado.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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