Mucho antes del 11-M, del 11-S y otras horribles masacres colectivas éramos unos ingenuos y unos confiados. Recuerdo un acto reducido del entonces presidente, Felipe González, con periodistas de Barcelona para hablar del referéndum de la OTAN. En el turno de preguntas, se levantó un joven y lanzó una soflama separatista. ¿Cómo pudo ocurrir? Porque se había acreditado falsamente como informador.
Sucesos así también los he visto en Estados Unidos. Siendo presidente José María Aznar, dio una conferencia en la Columbia University, de Nueva York. En mitad de ella, un par de energúmenos trataron de desplegar una pancarta a favor de ETA.
Puedo contarles más sucedidos históricos que he visto en primer o en segundo plano, pero no es el caso. ¡Con decirles que sin comerlo ni beberlo me encontré junto a Bill Clinton en un partido de baloncesto en Nueva Orleáns en 1994!
Entonces el terrorismo actuaba de forma más individualizada y ni siquiera los cajeros automáticos tenían videocámaras. Ahora no es lo mismo; ahora hasta la brutal fechoría del agresor de la joven ecuatoriana es captada por las citas de vigilancia del metro. Con todo, seguimos siendo unos cándidos y unos bonachones de cuidado. Me explicaré. Acabo de acreditarme como periodista para el mitin de un político de primera fila. Por hacer un a favor a otros colegas, también he pedido acreditaciones para ellos, sin mostrar carnés ni credenciales algunas. Y las he obtenido.
Normalmente, nunca pasa nada, por supuesto. Pero llevo una larga temporada acudiendo a actos con personajes notables sin exhibir ningún documento o justificante de mi identidad. Hacía más de treinta años que no me ocurría algo parecido, cuando accedía al palacio presidencial de Belem con una abultada mochila en plena revolución de los claveles portuguesa sin que nadie me la registrase jamás.
Lo bueno del caso es que mientras yo opino que hemos relajado nuestra vigilancia, hay una creencia generalizada que vivimos bajo el ojo atento de un Gran Hermano. Nada más lejos de la realidad. Si fuésemos consecuentes con la necesidad de protección colectiva, pondríamos menos trabas a la instalación de videocámaras en locales públicos y se exigiría acreditación hasta al presidente de Gobierno para asistir a un consejo de ministros.
Mientras esas cosas no sucedan, no tenemos derecho a quejarnos y a sugerir que vivimos en un aséptico gulag que nos protege hasta de nosotros mismos.
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